Filipinas, zona cero. El reportaje del reportaje

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“No es seguro pero hay muchas posibilidades de que te vayas mañana a Filipinas, incluso esta noche”. Eran las tres y media de la tarde de un martes y yo acababa de llegar a la redacción procedente del gimnasio, al que acudo, de vez en cuando, a la hora de comer. “Si sale, el programa será para el miércoles que viene”. Así se me dijo. Así se me anunció por parte de la dirección del programa que a su vez tenía órdenes de la dirección de la cadena. Y así se hizo. Cosas que pueden pasar en una redacción de un programa de actualidad. Cosas que pasan entre los periodistas.

A la mañana siguiente ya estábamos en la T4 de Barajas. Y a las dos volando rumbo a Dubai, donde hacíamos una escala de cinco horas antes de aterrizar en Manila, la capital de Filipinas. Íbamos dos equipos y María, la productora, en total cinco personas, una buena mezcla para poder hacer un trabajo en equipo y poder contar a nuestros espectadores de la manera más honesta posible qué estaba ocurriendo al otro lado del planeta.

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Volábamos nerviosos. No conseguíamos dormir en ninguno de los aviones. No habíamos quedado con nadie allí por la rapidez con la que había transcurrido todo y lo poco que nos habíamos podido imprimir lo llevábamos ya subrayado hasta la saciedad. Habíamos decidido que cada equipo hiciera llamadas por su cuenta para después poner todo en común. Entre lo que consiguiéramos uno y otro juntaríamos el material para después ver, al menos a priori,  de qué se iba a encargar cada reportera. Eso es trabajar en equipo. Pensar en el conjunto del programa.

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Entrando en los aviones del ejército filipino

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El único transporte que conseguimos para movernos por la isla

Fueron saliendo algunas cosas…el jefe nos mandó por sms teléfonos de españoles residentes allí (gracias, Tania), por si nos podían echar una mano, contactamos también con la enviada especial del telediario, Marián Serén, que llevaba allí ya varios días y de la que se había dicho en la tele que no había podido comer ni dormir en todo ese tiempo… algunas ONGs nos daban los teléfonos de su gente destacada en la zona para que contactáramos con ellos… íbamos trabajando incluso desde los aviones. Descubrimos que se pueden mandar sms desde el aire y conseguimos robarle tiempo al tiempo y arañar segundos a los meridianos y paralelos que íbamos atravesando. Olvidamos si era de noche o de día y en qué país estábamos o a dónde llamábamos y fuimos a por todas; necesitábamos grabar lo que estaba ocurriendo pero a ser posible que alguien nos lo contara. Y así fue. Llegamos a Manila y en lo que esperábamos el vuelo a Cebú conseguimos billetes a Tacloban para el día siguiente a las cinco de la mañana. No había vuelta, nos dijeron, pero nos dio igual, era difícil salir de la isla. Ya veríamos cómo volvíamos, en ferry, apuntó María o ya veremos, la cosa era ir, presentarnos en la zona cero lo antes posible. Llegamos al hotel de Cebú a las once y media de la noche y a las tres nos estábamos levantando. Y desde ese momento dejó de contar el tiempo para mí. Teníamos 48 horas para trabajar a destajo y contrarreloj. Era ya la madrugada del viernes y el domingo por la mañana teníamos que estar de vuelta en Madrid. Nuestros espectadores tenían que ver el comando el miércoles siguiente. Y había que hacerlo posible.

Nuestro vuelo aterrizó puntual en Tacloban, la capital de la zona cero. eran las cinco y media de la mañana.

En cuanto se abren las puertas del avión (eran los primeros aviones comerciales que empezaban a llegar a la isla una semana después del desastre ya que habían quedado cortadas las comunicaciones y la electricidad) siento que voy a hacer periodismo puro. Respiro profundo, cierro los ojos y siento el calor tropical en mi piel. Mi compañera ha quedado con una ONG de bomberos españoles que acaban de llegar a ayudar. Les pierdo de vista. Yo estoy allí sola, sola con Sergio C., mi cámara, que ya lleva todo preparado. Ha grabado imágenes aéreas desde el avión y ha encendido mi micrófono y el de la cámara. La cinta está ya girando. Se baja antes que yo. Cuando quieras, me dice. Le miro y confío en él. Sergio y yo vamos a estar unidos en esta situación tan extrema. Juntos vamos a vivir una de las aventuras más intensas que el periodismo de calle puede deparar.
Cuando bajo las escalerillas del avión tengo claro lo que tengo que hacer. Voy a ser los ojos del espectador. Voy a contarle a los españoles lo que es esto de una manera honesta y cercana. Voy a narrarles cada paso que dé, voy a explicarles como yo sé esta historia. Dejo de pensar en buscar protagonistas españoles y siento que tengo que contar historias. Que soy alguien que cuenta a la gente lo que le pasa a la gente. Siento que tengo la capacidad de contar y de comunicar. Y que ante mí se abre un mundo virgen. Y yo voy a hacer llegar esto a todo el planeta. Y uno de mis principios como periodista y como persona es, cuando falla lo de fuera, tira de lo de dentro. Los contactos que yo había hecho no me salían hasta el día siguiene. Y nuestros espectadores van a ver lo que allí ocurre a través de mis ojos. Lo tengo claro y estoy orgullosa. Me encanta ser periodista. Ni siquiera es mi trabajo. Es mi manera de ver la vida. Y ya está.

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Sergio y yo comenzamos por contar cómo decenas de personas enfermas y heridas se hacinan en el aeropuerto a la espera de encontrar un hueco en los aviones del ejército filipino para volar a Manila, donde les esperan sus familiares. Me impactan sobre todo los niños… decenas, centenas de niños muy pequeñitos con sus madres, sin saber qué pasa, dónde van… por qué salen de la isla de esa manera… los aviones son inmensos, por unos momentos me parecen ballenas que se tragan grupos de personas que desaparecen. Pregunto si alguien habla español. Nadie. Todo el mundo tagalo y algunos inglés. Tengo que traducir simultáneamente. El aeropuerto es un hervidero de historias. Pero habíamos recibido hacía unas horas una llamada de un tal Daniel, de la ONG Acción contra el hambre, diciéndonos que le buscáramos al llegar para que le pudiéramos grabar en su trabajo y pienso que voy a ir de camino a Daniel contando lo que veo. María busca un coche desesperada para que salgamos de allí a la ciudad, pero no lo encuentra. No hay gasolina, nadie se arriesga. De pronto Sergio para a un tuk tuk, le preguntamos, nos dice que sí, que por 12 euros nos lleva. Y allí nos montamos los tres. Salimos del aeropuerto rumbo a la ciudad atravesando el infierno. Pensé en el trayecto que si el infierno existía no podía ser tan horrible como aquello. Gente deambulado con carritos cargados de enseres, niños solos, escombros y aguas podridas, cadáveres, escombros y más escombros, cuánta desolación… y el sol luciendo insolente y desafiante en un límpido e insultante cielo azul contento de haber vomitado el tifón asesino y haberse quedado a gusto…
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Nos colocamos las mascarillas, el olor era insoportable. Animales muertos, cadáveres metidos en bolsas… pensé que nuestro camino hacia Daniel, hacia su ONG era también el camino hacia la esperanza de todas aquellas gentes que nos íbamos encontrando. Todos buscábamos a quien nos ayudara. Colas de centenas de personas esperando por un bol de arroz, alguna tienda donde mataban cerdos a precio de oro. Era la única comida disponible en la isla, matar a los pocos cerdos que habían sobrevivido. Coches empotrados, camiones dados la vuelta, un barco en medio de una rotonda… dios mío lo que tuvo que ser el tifón…y todo lo íbamos contando. Le dijimos a nuestro conductor que si se quedaba con nosotros le pagaríamos un poquito más. Aceptó. Y nunca encontramos a Daniel pero en nuestro camino descubrimos el horror. A pesar de esta visión apocalíptica yo no podía pensar mucho. Tenía que grabar y no hacer sentimiento de lo que veía. Sabía que todo a mi alrededor me valía para mi reportaje, que las historias salían a mi encuentro… sentía que no tenía que dejar de escapar ninguna… María y Sergio estaban conmigo, los tres estábamos de acuerdo, los tres comprendimos que tenía que ser así. Eran mi equipo y me sentía fuerte.
Llegamos a una especie de refugio para familias que lo habían perdido todo. Sergio, con la cámara y la mascarilla asustó sin querer a un pequeñísimo niño de unos dos años que no paró de llorar. Lo cogí en brazos para llevarlo con su madre y me dolió haberle asustado tanto. Perdónanos, pequeño. Pero había tantos niños así, tantos bebés tirados en mantas durmiendo, tantos pequeñitos huérfanos… algunas veces se me saltaban las lágrimas por ellos pero tenía que seguir grabando.
Nunca encontramos a Daniel pero ya no nos importó. Daniel fue quien nos hizo iniciar ese camino. Daniel nunca nos volvió a llamar ni volvimos a contactar con él, fue como un espejismo. Las horas que siguieron contacté con AECID, Cruz Roja y médicos españoles. Sin dormir, sin comer, bebiendo apenas un poquito de agua cada día. Trabajando sin parar. Soportando más de treinta grados de temperatura con una elevadísima humedad que hacía la ropa pegarse a mi piel. Qué extremo es todo, qué límite… pensaba a veces… y que no pueda pararme aquí a ver, a mirar, a reflexionar… no podía parar. Si paraba y dejaba de trabajar perdía el tiempo. Y el reloj continuaba avanzando. Nos sentamos en el suelo a comer unas galletas… ese fue nuestro único rato de solaz, rodeados de escombros, los tres sentados comiendo barritas de chocolate. Éramos afortunados.

Más tarde pudimos grabar la ayuda humanitaria que estaba enviando España, cómo se estaban organizando las ONGs españolas que iban llegando, incluso llegamos a conocer a algún español en la zona… nos podía haber ido mejor, pero nos fue bien.
El resto de cosas que siguen ya son pura logística y detalles anodinos. Yo quería reflexionar sobre lo vivido para poder vivirlo pero me dí cuenta que era algo tan impactante y yo estaba tan endurecida y tan obcecada con la grabación que esa experiencia me saldría días después como los restos de un naufragio.
Filipinas game over. Se termina el tiempo. Volvemos a Madrid. Aún hay que visionar las imágenes, montar el reportaje, subtitular y sonorizar. Volamos treinta y tantas horas dormitando como podemos en bares, aviones, aeropuertos. Malcomiendo, malviviendo, malpensando.
Cuando aterrizamos en Barajas y recogimos el equipaje, Madrid nos recibía con unos helados 5 grados de temperatura. Me puse la cazadora ligera que llevaba y me la enfundé hasta los ojos. En uno de estos movimientos descubrí unas letras bordadas: “La vida es chula”, ¿chula para quién? pensé. ¿No era una ironía? ¿O era nuevamente una señal de esperanza, como los cafés con corazones que un camarero filipino me había servido horas antes? No tenía ganas de darle vueltas a eso, necesitaba pensar, pensar mucho en lo vivido, necesitaba aclararme. Salimos al exterior y un coche de la tele nos recogió para llevarnos a casa. Entregué las cintas a María para que las llevara a la redacción y mis jefes montaran el reportaje. La suerte estaba echada.

20131121-231550.jpgNo puedo dejar de pensar todavía en lo que ha ocurrido. Y ha pasado ya una semana. Anoche no me dormía y me dio por mirar en mi teléfono móvil la aplicación de Google Earth. No encendí la luz y situé el puntero en Tacloban, antes del tifón. Quería ver cómo era la zona antes del desastre. Quería saber  qué era lo que me había perdido. Lo que nadie me iba a ofrecer ya. Me quedé asombrada. Era una ciudad preciosa. Una isla espectacular, la de Leyte. Había puertos, barcos, playas. Había colores vivos, carreteras, coches. Había vida, había mucha luz. En mi mapa digital caminé por las calles que nunca conocí y me dio rabia pensar que no podía rebobinar. Que no podía echar mis imágenes para atrás hasta llegar a lo que describía mi mapa. Me dormí preguntándome por qué. Todavía nadie me ha dado la respuesta. Pienso entonces que se trata de aceptar las cosas que no podemos cambiar, se trata de tener valor. Y me vienen a la cabeza todas las veces que durante este reportaje los filipinos me han dado las gracias por estar ahí. Todas las veces que me han sonreído y han sido amables conmigo. Todas sus sonrisas. Su grandísima dignidad. Su entereza. Todos sus niños pequeños. Toda la inocencia de una población de gente buena que vive a merced del viento. Y eso es lo que nos queda entonces a los seres humanos cuando el viento y la vida soplan fuerte fuera: dignidad, fuerza y valor. Cuando falla lo de fuera hay que tirar de lo de dentro.

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