Mi viaje a Myanmar, recién publicado en www.3viajes.com

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Hoy me han publicado mi reportaje viajero a Myanmar en uno de los mejores blogs de viajes que hay ahora mismo en España http://www.3viajes.com
Espero que os guste, a mí me encanta cómo ha quedado. Si os apetece, haced comentarios en la misma página,3viajes, también están en twitter y facebook, ahora está mi repor en portada. A disfrutar.

Myanmar a mi aire, Myanmar mágico

Con la estampa de Aung Sang Su Kyi

 

Fui a Birmania porque quería entrevistar a Aung Sang Su Kyi.

Era mi principal objetivo. Llegar a Yangón, plantarme en su casa, llamar a la puerta y decirle: “Hola, ya puedes estar tranquila, Occidente va a conocer tu historia gracias a este reportaje”. Pero debido a que las mujeres no entendemos bien los mapas y pensamos que kilómetros es una isla griega, por extrañas planificaciones nunca aclaradas, entré a Birmania por Mandalay y tras dar varias vueltas agoté mis vacaciones llegando a Yangón de milagro para coger el avión de vuelta. Así que me tuve que conformar con leer su libro Cartas desde Birmania y terminar meditando en un monasterio en las montañas. Ahí es nada.

Calles de Mandalay

Mandalay, ciudad con M y de nombre legendario. Mandalay de Rudyard Kipling. Mandalay de los Beatles. Camino a Mandalay. Según me bajo del autobús en el que la compañía de bajo coste Air Asia traslada a los pasajeros hasta el centro de la ciudad, me invaden el caos y la humedad. Los edificios, medio abandonados. Las aceras, medio rotas. La gente en bicis, en motos. La ciudad se cae a cachos. Empieza un viaje fascinante pero duro.

Autobuses en Mandalay

Para visitar los alrededores lo mejor es alquilar una moto con chófer, esto es, uno de los cientos de motociclistas que se ofrecen por todas las esquinas. El mío, que al menos me brinda casco, me dice que se llama Culín. No compruebo si hace honor a su nombre, pacto una cantidad y decido, de ahora en adelante, pensar que se escribe Coo Leen. Me deja más tranquila.

En U-Bain, el puente de teka más largo del mundo

Me lleva al puente U Bein, en Amarapura. Espectacular. El puente de teka más largo del mundo. Más de 200 años de antigüedad, más de 1 km. de largo. Coo Leen va mascando sin parar hojas de Betel, una especie de hierba “psicotrópica” que mascan por allí que les deja los dientes rojos y el suelo, al escupirla, lleno de manchurrones. No habla muy bien inglés así que no puedo comentar la situación. Mandalay está lleno de monjes. Myanmar entero lo está. Más de quinientos mil. Las que van de rosa, son monjas, sólo se distinguen por los hábitos, al llevar la cabeza rapada. Son venerados por los lugareños, son semidioses. La población les da comida y dinero. Son buenas acciones que suman de cara a la reencarnación. Por el puente, decenas de ellos. Me impactan a mí tanto como yo a ellos. Ninguno estamos acostumbrados a vernos. Ellos, turistas. Yo monjes por la calle. Más de una vez me paran para hacerse fotos conmigo. Y yo, acepto.

Interior del Monasterio de Pa Auk con las monjas meditando

Las monjas forman fila para recibir su comida

Al estar gobernado por la junta militar, Myanmar apenas ha recibido turismo desde que se fueron los ingleses en 1947. (Para tener una idea somera de lo que hicieron allí, leer Días de Birmania, de George Orwell. Su primera y extremadamente brillante novela) Pero ha empezado poco a poco un tímido aperturismo que permite, no sólo vender camisetas y souvenires con la imagen de Aung Sang Su Kyi, la líder de la oposición, varios años en arresto domiciliario, conocida por el pueblo como The Lady, sino la atracción del turismo independiente de mochileros y viajeros de todas partes del mundo. Yo me cruzo especialmente con españoles y franceses que van por libre. Hasta hace poco sólo se podía ir en viaje organizado. Termino el día en la colina de Mandalay, desde donde diviso toda la ciudad. Al bajar, es de noche y no hay luz en las calles. Una niña me lleva de la mano amablemente. La población es encantadora. No están maleados por el turismo. Pero la junta militar, asegura la gente que permite que entren los chinos y los taiwaneses a explotar hidroeléctricas y minas mientras la población carece de luz y jamás ha visto de cerca las piedras preciosas.

Empiezan a proliferar los cajeros automáticos, Internet. En los hoteles hay wifi aunque va muy lento. Pero Mandalay me pone a la defensiva. No sé si es por ser los primeros días del viaje, por ver la pobreza extrema de la población en un país tan rico o por qué. Escribió Kipling que Myanmar es un lugar que sólo se parece a sí mismo y no tiene nada que ver con ninguno de sus vecinos del sudeste asiático. Y yo, buscadora impenitente de la sabiduría oriental, lo acababa de percibir. No me sentía como en Tailandia, Malasia o Camboya. Qué pequeña estaba siendo yo al querer compararlos. Y desde ese momento de aceptación, algo se transformó en mí.

En modo receptivo tomé bus al lago Inle. Toda la noche viajando a cero grados gracias al aire acondicionado, con una señora que no dejaba de vomitar a mi lado. Infraestructura turística, cero. En el bus, eso sí, servían sándwiches y bebidas. Las mismas que a la señora le cayeron como una patada en la boca. Las distancias no son largas pero el mal estado de las carreteras convierte doscientos o trescientos kilómetros en una noche entera de viaje. Como el bus se adentraba en la noche, yo me sumergía en el país y llegué al lago Inle de madrugada a un hotel rural todo de teka donde me dejaron dormir esa noche sin pagar asegurándome que cuando me despertara, vería desde mi terraza las mejores vistas del mundo. Y así fue. Cuando me despierto en Inle se me ha pasado la turbación de Mandalay y estoy en un pequeño pueblo embarrado por las últimas lluvias del monzón inmersa ya en la belleza salvaje de Birmania. Me sorprende ver tantos hoteles construyéndose. Va a ser cierto el aperturismo del país al turismo occidental y hace falta infraestructura. Conozco en el desayuno a dos chicas alemanas que me proponen alquilar una barca juntas para recorrer el lago durante el día. Acepto y en un periquete negociamos con un barquero local que nos lleva a ver los mercadillos locales de las tribus de las montañas y a visitar a los habitantes del lago en sus casas de madera sobre pilotes.

En el lago Inle, los pescadores reman con el pie

Mercadillo cercano al lago Inle que reúne a las etnias de alrededor

Casa sobre el lago Inle

En Myanmar se reconocen más de cien etnias. En el lago y aledaños los Shan, Pa o, los Intha viven de la pesca y la agricultura. Viven de lo que el lago les da. El lago como fuente de vida. El lago y lo que ocurre en torno al lago. Y así, al día siguiente, alquilo una bici y descubro que no conozco los caminos pero la gente, aún sin saber inglés, se para a explicarme por dónde debo ir. Mercadillos, pequeños poblados, selva, comida riquísima mezcla de china e india… Myanmar natural. Conozco a un taxista que lleva una camiseta de Aung Sang Su Kyi y me cuenta, además de que la sanidad y la educación son privadas, que ahora el pueblo anda algo indignado con The Lady. Resulta que se están produciendo en el país persecuciones a los Rohinga, una etnia musulmana a los que nadie quiere en Myanmar y expulsan a Bangladesh pero allí tampoco les quieren y unos 150.000 Rohinga se encuentran en campos de refugiados donde sobreviven en condiciones infames. Y al parecer The Lady no se ha pronunciado ni en contra de la matanza ni a favor del budismo. Parece que con los Rohinga hay encono guardado… dicen que temen que se hagan con el poder, un poder islámico en un país budista… no sé cuánto hay de cierto ni comprendo las razones de este genocidio pero en cuanto llego al hotel y me conecto a Internet veo que se están produciendo matanzas casi cada día. Es el Apartheid del siglo XXI. En un país mágico, una junta militar castrante, un genocidio escandaloso y una población que se sorprende por ser objeto de visita de viajeros de medio mundo. Myanmar mágico.

Miembro de la etnia Pa O

Pregunto en la estación de autobuses si puedo salir para Sitwe al día siguiente, una ciudad enclavada en un estuario que algunas personas desde España me han recomendado. Me mandan a la oficina del gobierno. Allí me dicen que está prohibido viajar porque precisamente está la guerrilla contra los Rohinga. Si quiero ir hasta allí he de contratar un guía y escolta policial. Y pedir una autorización por 50 dólares que me tardaría varios días. Lógicamente decido no ir. Myanmar de rutas establecidas. Myanmar la que quiere la junta militar que veamos. Empiezo a desconfiar del aperturismo. Vamos donde quieren que vayamos. Visitamos lo que quieren que visitemos. Dicen que en las fronteras hay tráfico de opio. Fronteras cerradas con todos los países y más al viajero. Aún así tengo claro que a Myanmar hay que ir. Y contar al mundo lo que allí ocurre. Y dar dinero a negocios locales, a barqueros, a hotelitos… ayudar a la población a mantenerse. Myanmar inexcrutable. Myanmar cubierta de capas.

Viajo a Bagan en barco y alquilo una bicicleta. Me dedico, a mi ritmo, a recorrer templos. Soy feliz a mi aire. Bagan me parece el lugar más espectacular que jamás creó el hombre. Cientos de templos a lo largo y ancho de dos mil kilómetros. En una parada para tomar un café se me acerca Myat Myat, una guía turística de mi edad que quiere pegar la hebra. Habla un perfecto inglés así que quedamos para el día siguiente que iré a visitarla al restaurante de su padre y satisfacer mis dudas sobre ese país. A nadie le digo que soy periodista. En Myanmar no se debe decir. La junta tiene espías por todas partes. ¿Lo es Myat Myat? Resulta no serlo y me cuenta que la persona que más dinero gana en el país es un maestro o un médico: 100 dólares. Se extraña de que vaya tanto turismo a su país. Hasta ese momento no sabían valorar sus monumentos, tanta ha sido la cerrazón al mundo estos años…

El monasterio Pa-Auk está enclavado en las montañas

Termino mi viaje meditando en el monasterio Pa Auk Forest, en medio del bosque, rodeada de monjas, naturaleza y silencio. Somos solo dos extranjeras, Kathy y yo y nos dan una habitación para compartir, unas colchonetas y aperos de limpieza. Durante los últimos días del viaje calmo mi mente meditando hora y media cada hora. Comiendo alimentos vegetarianos preparados por las poblaciones cercanas para las monjas. Paseando entre los árboles, viviendo el presente. El budismo es mucho de eso, de vivir el presente, un presente que me cambia la vida puesto que descubro que el mejor viaje es el viaje interior. Y regreso a España purificada. He visto que hay odio en la belleza, paz en el caos y muchos, muchos turistas que pasan por este país quedándose apenas en la superficie. No entrevisté a Aung Sang Su Kyi pero he comprendido algo que llevaba años preguntándome. Lo esencial es invisible a los ojos. La sabiduría oriental está en el interior.

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