Nunzio

Estándar

Hasta hoy no he podido escribir sobre él, tanto peso me ha dejado nuestro encuentro estos días.

Me llevaba llamando la atención desde el primer momento que me vio de lejos, me pedía por señas que me sentara a su lado en las terrazas sobre el río mientras el leía, me preguntó a voces sí era italiana… Y yo nada, no me quería acercar. Me parecía el típico listillo.

Por otro lado, yo me había fijado en que iba y venía por el río con un libro de la mano. Un hombre con un libro siempre merece la pena, pensaba yo. Pero seguía sin acercarme.

Pero hace algunos días andaba yo chekeando mis mensajes de móvil en el bar del camping donde me alojo, que allí la wifi va a tope y entonces me llamó. Estaba limpiando su hamaca. Dormía allí al lado.

-Good morning!!

Me acerqué a él. Era italiano.

-Good morning. Duermes aquí?

-Sí. Te apetece la colazzione?

-Ya he desayunado. Ahora me voy a ir al pueblo a comprar comida.

-Yo tengo que ir también. Me esperas cinco minutos y vamos juntos?

Medio en español, medio en italiano, medio en inglés, en cinco minutos estábamos caminando por la carretera principal esperando el próximo matatu que pasara para ir al Spar.


Le calculé unos 70 años. Era bajito, fuerte, pelo blanco y de joven tenía que haber sido atractivo. Era siciliano. De Palermo. Llevaba dos años dando la vuelta al mundo. Tenía 62.

Tomamos la combi. Llegamos al supermercado. Parecía que nos conociéramos de toda la vida. Cada uno cogió su cesta y fue a por su compra. Pero coincidimos en el mostrador de la comida pre cocinada. Ese día había pasta y pensé en comprarme una bandeja.

-¿Vas a comprar pasta?, me dijo.  Yo también. Es una pena que tenga q ser así porque sí tuviéramos cocina, esta pasta yo la podría mejorar.

-Yo tengo cocina.

Me alojo en una casita frente al río y tiene una pequeña cocina preciosa.

-¿Te parece sí mejoramos la pasta?

-Perfecto. Soy prácticamente vegetariana (suelo decir prácticamente para que cuando me vean comiendo jamón ibérico de Guijuelo nadie se eche las manos a la cabeza)

Compramos pimientos, tomates, ajos y, cómo no, una botella de vino tinto.

Regresamos a nuestro pequeño trocito de Delta y se puso a cocinar.

 Cuando le vi manejar la sartén y cortar los alimentos intuí que era cocinero. Pero no se lo pregunté. Nos hicimos pocas preguntas e intercambiamos poca información. Pasábamos la mayor parte del tiempo en silencio. Y estábamos cómodos así.

-Por cierto, ¿cómo te llamas?

-¡¡Ahh me llamo Nunzio! ¿Tu?

-Mónica. Pleased to meet you.

Y seguimos otro rato sin hablar. Entonces empecé a valorar el silencio. Empecé a valorar que no me hiciera preguntas estúpidas sobre sí viajo sola, sí me da miedo o sí cuantos días estoy aquí o alla. Estábamos allí los dos, en la otra punta del planeta. Y punto. Qué más nos teníamos que decir. Cada uno sabía o no sus razones. Cada uno sabía por qué se había marchado de su país, qué andaba buscando y sí alguien le esperaba a su regreso. Cada uno sabía a quién o qué dedicaba su último pensamiento antes de dormir bajo el cielo africano. Cada uno sabía qué mensajes esperaba recibir cuando chequeaba el teléfono y sabía también que no sabía cuanto tiempo nos íbamos a quedar allí ni cual sería nuestro siguiente destino. Cada uno supuso que el otro se encontraba inmerso en su propio viaje interior. ¿Y todo eso había que hablarlo? ¿Teníamos que intercambiar necesariamente información? A ninguno de los dos nos importaba quién era el otro. ¿No era suficientemente fuerte estar allí? ¿No decía todo nuestra sola presencia?

Nunzio terminó de cocinar y nos sentamos en un banco frente al rio. Comimos en silencio la mejor pasta de mi vida y vaciamos la botella de vino.


-¿Tienes hijos? Ya me esperaba la respuesta.

-Sí.

No se por qué intuí que de distintas mujeres. Le dejé hablar.

-Viví mucho tiempo en Alemania y cuando regresé a mi país me sentía un completo extranjero.  Allí en Alemania teníamos un restaurante y también vacas, caballos…Quería mucho a mi mujer. ¿Sabes que una vaca te da mucha tranquilidad mientras un caballo es puro nervio?

Era muy observador. La gente que está en silencio observa mucho.

-Tengo hijos con dos mujeres pero con los de Italia apenas tengo relación. Supongo que para relacionarse hay que hablar y yo no hablo mucho.

-Bueno, más bien para relacionarse hay que escuchar, ¿no?

-Sí, también escucharse mucho a uno mismo. Además pienso que cuando ha habido amor, tiene que quedar amistad. No está bien eso de que la gente se separe y se deje de hablar.

-En pocas relaciones hay amor. La gente acude al otro por necesidad, por miedo a estar sólo, por buscar una seguridad que es falsa, para tener alguien que te quiera… Pero todo eso no es amor. El verdadero amor es crecer juntos y dejar al otro crecer y eso pocas veces ocurre.


El no me preguntó qué hacia yo allí. Sí estaba perdida o escapando o era feliz. Me habló de su viaje en barco por el Amazonas y la de lugares que tenía en el mundo para regresar. Había hecho muchas amistades en su viaje.

Estuvimos mucho rato más en silencio. Me acordé del grupo que me había encontrado el otro día en el salar y la de preguntas vacías que me hicieron. Y después de tantas cuestiones nadie seguía sin saber nada de mi. Y Nunzio con mi presencia y mi silencio ya tenía mucha más información que todos ellos.

Cuando se iba a poner el sol , le dije que me marchaba a verlo al otro lado del río. Él se quedó por allí.  No le volví a ver hasta la tarde del día siguiente.
-Me voy mañana, le dije.
– ¿Regresas a Jonannesburgo?
– Si, desde alli saldré para España. Que tengas buen viaje.
-Chao.
Y nunca más le volví a ver.

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Acerca de Missuniversos

Viajo por afición, por vicio, por placer, por necesidad, viajo por perdición, viajo por nada. Viajo sin rumbo, sin mapas, sin guías, sin norte, a veces viajo sin ganas. Viajo para no estar sola, para no morir, para escapar, viajo para buscar, para seguir existiendo, viajera literaria. Mis citas favoritas: “Donde hay un deseo, hay un camino” y "Somos lo que hacemos para cambiar lo que somos". Me llamo Mónica y soy periodista.

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