Road home

Estándar

Ayer emprendí el camino a casa. Primero debía pasar por Gaborone, la capital de Botswana y después por johannesburgo. 

Para ello me presente en un taxi en la estación de buses de Maun a eso de las cinco de la mañana. El autobús salía a y media. 

El taxista abrió la ventanilla y gritó algo en su lengua Setswana e inmediatamente se presentó ante nosotros un tipo que abrió el maletero, se colgó mi mochila y me dijo sígueme, como sí fuera Jesuschrist. 

– Te lleva a tu autobús, me aclaro el taxista. 

Así de fácil. No necesite correr por todos los andenes desesperada preguntando ni cargar en vano peso porque allí encuentran solución para todo, sea del tipo que sea.  

 
Este era mi autobús. Con sus vendedores ambulantes, sus pasajeros adormilados y sus personajes africanos que siempre andan por ahí mirando y nunca se sabe muy bien de donde salen. 

A esas horas una mujer andaba vendiendo a todos el desayuno que llevaba en termos, una pasta llamada porridge hecha con harina de maíz  no apta para tipines. Todos me ofrecían probarlo. 

– gracias, pero prefiero café. 

-ella también vende café!! 

Madre mía , que más le podía pedir a la vida a esas horas de la mañana? Lo que no tenía la señora eran vasos, un pequeño detalle. Pero lo soluciono rápido. Revolvió entre unos trapos sucios que tenía en una caja de cartón y de allí salió una flamante taza de metal. Hice de tripas corazón, a esas horas mis escrúpulos aún estaban dormidos  y en pocos segundos me estaba sirviendo un café riquísimo. 

-no deberías haberlo pedido, tu autobús sale ya, me dijo un espontáneo que apareció por allí. 

-aaaaah pues no me lo tomo! No quiero llevarme la taza de la señora. 

-sube al bus y desayuna tranquilamente dentro. YA le traerá la taza alguien, añadió el cobrador. 

Y sin mas, con tantas facilidades, me encarame a mi buseto dispuesta a atravesar el país de punta a punta durante las próximas diez horas de mi vida. 

Vi amanecer en el camino.  

 
Deje a una lado el Kalahari.  

 
Atravesé sabanas y desiertos junto a avestruces, cebras e impalas. 

  
Botswana es un país de malezas y sabana. De camino deje también algunas de las minas de diamantes. 

Recordé el libro El paisaje habitado , de Carlos muñoz, editado por La línea del horizonte. 

   
  “Bienaventurados a los que les llega la hora de la verdad antes que la hora de la muerte”, recuerda Proust. “Crece el desierto, ay de quien alberga desiertos! “, afirma Nietzsche. “El desierto crece haciendo al hombre pequeño” afirma el propio autor. 

Y recordé la aterradora frase de Paul Bowles que tanto aterraba a la periodista Leíla Guerriero.  

 
Fuerte, no? 

En una de las paradas del bus en medio de la nada, se bajó un pasajero y alguien me pidió la taza para dársela. Al parecer iba a instalar su chiringuito en la carretera y quiero pensar que en su camino de regreso le devolvería la taza a la señora. 

Y así llegué a Gaborone. Luna llena en Gaborone. No hay esperanza en Gaborone. Un hotel cualquiera en Gaborone. 

Y entonces estoy ya en un autobús camino a Johannesburgo sentada al lado de una transexual  que come pollo frito. Yo también como pollo frito . 

Y llegamos a la frontera. 

(Continuará. Perdonad las faltas. Escribo desde el movil)

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