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Mi bandera

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Trotaviernes

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Ya pasó. Los Trotaviernes nos habían convocado a Jorge Moreta y a mí este viernes en Salamanca, nuestra ciudad, para compartir nuestros viajes con más de cien personas. Omán y Cuba: yo sultán, tú comandante.

Sé q no vais a creer q estaba nerviosa. Aunque me emociona hablar de viajes, hacerlo ante tanta gente impone bastante. Omán había sido un viaje lleno de anécdotas y situaciones graciosas y grotescas, tenía claro lo q iba a contar pero últimamente necesito que mis intervenciones no se queden sólo en la anécdota así que lancé al público preguntas para pensar.

  Son las mismas que yo me hago: qué ingredientes tiene q tener un viaje para q lo sea, es más viajero el que se va al Himalaya q el que se va a su pueblo? Hay viajeros q cruzan el planeta y no cambian en nada? En ese caso han viajado? Un viaje tiene q tener aventura? Q es la aventura?

Yo misma me he ido contestando a estas preguntas a lo largo de los años para poder evolucionar y, sobre todo, para saber q estoy viviendo.

Este fue el resultado.


Como siempre, lo más interesante de la noche lo dijo Jorge delante de unas cervezas: sí alguien saca lo peor de ti es porque eso esta ahí.

Gracias a todos por el cariño. Y el q quiera saber de mi viaje a Omán, aquí está publicado en La línea del horizonte.

http://lalineadelhorizonte.com/revista/donde-nadie-conoce-a-simbad/

Digan lo que quieran… 

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… pero 2016 no ha sido un mal año, como la gente afirma.
Se fue Marisa, se fue Lorenzo, se fue J. (a dónde se fueron, ¡carajo! ¿no les vamos a volver a ver más? )… se fueron tantos y tantos seres que queríamos y que nos dejaron un poco más solos… solos con nosotros mismos, solos con nuestra soledad a cara de perro. Eso es un golpe de dolor. Pero nosotros añadimos el sufrimiento. No se han cumplido nuestros deseos. La vida no ha respondido a nuestras expectativas, a nuestros caprichos, a nuestros pensamientos. Y por eso sufrimos. Porque rechazamos lo que ocurre. Porque no lo comprendemos. Porque no lo aceptamos. Entonces ha sido un mal año.


Pero hay quien dice que la vida no se equivoca y nos pone delante lo que necesitamos para avanzar y crecer. (Malditas enseñanzas. Enseñanzas sin anestesia, enseñanzas a tumba abierta, enseñanzas de las que duelen. Enseñanzas que nadie quiere aprender).

Y esta es la verdadera lección. Que nada es un problema. Que las cosas ocurren por sí solas y somos nosotros los que ponemos la etiqueta. Eso es un problema, esto una putada, aquello una tragedia. ¿Según qué? nuestras expectativas, deseos, necesidad de control, etc. pero no son más que enseñanzas de la vida, cosas que ocurren. Quizá sin orden ni concierto.

Y  en mi mente está la muerte. No dejo de darle vueltas. ¿Acaso nos creemos que vamos a morir todos de viejecitos, con pelo blanco, en una cama acolchada con un vaso de leche caliente al lado y rodeados de nuestros seres queridos? ¿Quién nos metió esa creencia en la cabeza? La muerte viene cuando quiere. Cuando considera que ha llegado el momento. Con tragedia y sin tragedia. Cuando esa persona ha cumplido su misión. (¿cual era esa misión?)

Por eso ahora sólo creo en la importancia de aceptar. Aunque no entendamos nada. De cambiar las cosas si podemos, de aceptarlas si no. En la importancia de soltar las cosas que no nos hacen falta para comenzar el año nuevo. Una matrioska nueva comienza un nuevo año. La matrioska anterior ha muerto.

Y a vosotros, los que ya no estáis aquí, si me estáis leyendo, que sepáis que no dejáis de existir. Las personas existimos en referencia a los demás. Existimos porque los demás nos quieren y nos recuerdan. Es como esconderse. Si nadie te busca, no estás escondido. Sólo estás. Uno está escondido porque le buscan y no le encuentran. Eso es existir. Existir es inter-ser.

 

Bienvenido 2017. Lanzo la moneda al aire y que sea lo que quiera.

Anduvimos por el cementerio …

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…aquél, de aquel pueblo perdido de Las Hurdes. Era el 1 de noviembre, fecha en que los muertos acuden a su cita.


Andábamos entretenidos, despistados, casi divertidos. (Qué poco imaginaba yo que sólo unas horas más tarde volvería a hablar de muerte otra vez en mayúsculas).

Me viene a la cabeza casi cada día el final de la novela Cumbres Borrascosas “… Me admiré de que alguien pudiera atribuir inquietos sueños a quienes descansaban en tan quietas tumbas…”