Fragilidad

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Se lo comentaba a Carlos el día que salimos a pasear después de ver Bravo Murillo atestada de caminantes. Dos fragilidades se han puesto de manifiesto en la pandemia. La primera, nuestra fragilidad como sociedad (¿diría desarrollada?), como seres humanos invencibles, indestructibles, avanzados, como seres humanos fruto de la sociedad tecnológica, del estado del bienestar, como seres humanos de vuelta, venidos arriba, inmunes, hijos del capitalismo salvaje y la industria depredadora. Hijos devorados por Saturno. A nosotros, humanos del futuro por encima del bien y del mal, un bicho microscópico nos ha roto. Se nos han caído los palos del sombrajo y hemos vuelto a ser seres frágiles, dependientes, temerosos, recién nacidos, indefensos, esenciales. No hay cielo protector. Nos hemos perdido. Nos hemos quedado desnudos como vinimos al mundo y ante el mundo. Hemos vuelto a la casilla de salida. Coronavirus, kilómetro cero. (“¿Qué es lo que pasó si tú y yo éramos tan felices?, ¿qué es lo que pasó si tú y yo éramos indestructibles?. La Habitación Roja)

La siguiente fragilidad tiene que ver con la falsa seguridad en la que nos creemos que vivimos. Me impactan y estremecen estos testimonios que escucho estos días por todas partes: “mi marido trabajaba, ahora está en un ERTE y con lo que le dan pagamos el alquiler pero no tenemos para comer”. “Estaba trabajando, teníamos estabilidad pero ahora soy de esos trabajadores que no van a volver y tengo una familia que mantener”. “Tengo varios hijos y no tengo para darles de comer, por eso vengo al banco de alimentos”. “Soy autónomo y daba clases particulares, ahora estoy en casa mano sobre mano, sin ingresos y sin perspectiva” “Mi mujer cuidaba personas mayores y yo estaba en una empresa de acero. Ahora los dos en casa sin saber si vamos a volver a trabajar y tenemos dos hijos”. Es decir, ¿tienes un trabajo, una estabilidad, una seguridad y de la noche a la mañana te ves en la cola de un banco de alimentos? Pero no has hecho nada malo, ni tu empresa ha quebrado, ni has vivido por encima de tus posibilidades ni se ha pinchado ninguna burbuja ni has robado ni eres vago ni corrupto. Y sin embargo estás haciendo cola para que te den de comer. A tí y a tus hijos. Llega un bicho microscópico y la vida que conoces se acaba. A cara de perro. La seguridad da la cara y demuestra que era falsa, que no existía. Te conviertes en dependiente. Y te quedas tocado para siempre. Y adiós estado del bienestar, inmunidad, hago lo que quiera en y con el mundo, tengo trabajo fijo, tengo una casa, en pareja estoy seguro. La seguridad no existe. A pesar de que los seres humanos seamos tan frágiles que necesitemos vivir con seguridad y tengamos necesidad de controlarlo todo. Pero la seguridad no existe. Buscar la seguridad es una pérdida de tiempo, es no haber entendido nada. La única seguridad es la impermanencia. Todo cambia. Espera lo inesperado. Sólo nos tenemos a nosotros mismos, sólo a eso nos podemos sujetar. Lo demás no existe. Ahora lo hemos comprobado.

Alexandra David-Neel, un sueño cumplido

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Olé oléeeeeee, El suplemento El Viajero de El País me publica hoy este perfil de mi viajera favorita, Alexandra David Neel. Aquí os lo dejo.

https://elviajero.elpais.com/elviajero/2020/05/07/actualidad/1588841901_994370.html

La aventura hacia lo prohibido de Alexandra David-Neel

Viajera indomable, fue la primera extranjera que entró en Lhasa, capital del Tíbet, tras recorrer 2.000 kilómetros a pie por el Himalaya

Alexandra David-Neel, en su casa de Digne-les-Bains (Francia) en 1968.
Alexandra David-Neel, en su casa de Digne-les-Bains (Francia) en 1968. ALAMY

MÓNICA HERNÁNDEZ9 MAY 2020 – 19:56 CEST

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Fue una mujer libre. Feminista, anarquista, valiente. Librepensadora, mística, espiritual. Rompedora. Alexandra David-Neel (1868-1969) fue la primera occidental en ser recibida por el Dalái Lama durante su exilio en la India y en entrar en el Tíbet cuando era un lugar prohibido a extranjeros. Nacida en París en una familia acomodada, su padre, un masón que dirigía una publicación republicana, influyó en sus ideas anarquistas y libertarias. Coincidía con él mucho más que con su madre, que intentaba atraerla hacia una vida tranquila, católica y acorde para una mujer joven de finales del siglo XIX.

Tenía oído y una bonita voz, así que gracias a la música hizo sus primeros viajes: sus estudios de canto lírico la llevaron de gira por Grecia, Túnez y algunos países más hasta que llegó a Indochina como primera soprano de la ópera de Hanói. Fue durante una estancia en Túnez cuando conoció a Philippe Neel, que trabajaba para el Gobierno francés en un proyecto de construcción ferroviaria. Se casaron en el país en 1904, aunque ella nunca lo vio claro. No estaba hecha para la rutina ni la vida acomodada, así que interpretando el papel de esposa perfecta cayó en una depresión a sus 36 años. Pero ya le había dado tiempo de sorprender con su primer libro, un pequeño ensayo anarquista-feminista llamado Elogio a la vida (Pour la vie, 1898) Toda una declaración de principios. “Que cada cual siga enteramente, siempre y en cualquier parte, el impulso de su naturaleza, ya sea esta limitada o genial. Solo entonces el hombre sabrá lo que es vivir, en lugar de despreciar la vida sin haberla vivido jamás”, escribió.

Alcanzó la capital del Tíbet disfrazada de mendiga, con la piel teñida con ceniza y usando pelo de yak

En 1910 el Ministerio de Instrucción Pública le encomendó una misión en la India. Acordaron que viajaría 18 meses. Embarcó en Marsella y paró en Ceilán (hoy Sri Lanka) antes de llegar al país asiático. Philippe la despedía sin saber que el viaje duraría en realidad 14 años. Eso sí, durante ese tiempo seguiría su amistad y se escribirían cartas hasta la muerte de él, en 1941. De sus vivencias en la India, debatiendo con sabios brahmanes o ricos marajás —hablaba pali, hindi y sánscrito— y participando en ceremonias a las que pocos extranjeros eran invitados, escribiría La India en que viví, en el que reniega del sistema de castas.

Cerca de Madrás se enteró de que el decimotercer Dalái Lama había huido de su país, entonces sublevado contra China, y residía en el Himalaya. Y a partir de ese momento no paró hasta encontrarse con él. Algo que consiguió en 1912. “Ser recibida por él no era fácil, ya que se negaba obstinadamente a conceder audiencias a mujeres extranjeras. Sin embargo, había conseguido cartas de presentación de altas personalidades del mundo budista. Debieron de intrigarle, porque inmediatamente dijo que tendría mucho gusto en hablar conmigo. A su alrededor encontré una corte extraña de eclesiásticos vestidos de sarga granate oscuro, raso amarillo y brocado de oro, que contaban historias fantásticas y hablaban de un país de cuento de hadas. Aunque al escucharles tuviera en cuenta la exageración oriental, instintivamente presentí que detrás de las lejanas cumbres nevadas existía un país distinto a todos, inmediatamente se apoderó de mí el deseo de llegar hasta él”, escribió sobre el encuentro y su incipiente ambición de alcanzar el Tíbet en Viaje a Lhasa (1927).

Uno de los trajes de la exploradora y escritora expuesto en su casa museo en Francia.
Uno de los trajes de la exploradora y escritora expuesto en su casa museo en Francia. FRANÇOIS-XAVIER EMERY

A su llegada a Nepal en 1912, el marajá le obsequió con elefantes para recorrer el país y así llegó a Sikkim, donde conoció a Yongden. Él 14 años, ella 46. Primero le contrató como criado, luego fue su discípulo y después de la aventura por el Tíbet se convirtió en su hijo adoptivo. Comenzaron a viajar por las cumbres con la intención de llegar a la ciudad soñada, Lhasa, entonces tomada por funcionarios británicos que hacían de ella un lugar cerrado a los extranjeros. Probaron entonces Japón, Corea, Pekín y vuelta al Tíbet. Allí vivió dos años y medio en el monasterio de Kumbum, en la región de Amdo, donde fue nombrada lama. “Viví en una caverna a 4.000 metros de altitud, medité, conocí la verdadera naturaleza de los elementos y me hice yogui. Cómo había cambiado mi vida, ahora mi casa era de piedra, no poseía nada y vivía de la caridad de los otros monjes”, escribió en una de las misivas a Philippe. Durante ese tiempo, los monjes le permitieron acceder a documentos vetados a los occidentales y la bautizaron como Lámpara de Sabiduría.

Lhasa seguía estando en su punto de mira. Intentaba llegar una y otra vez, pero la arrestaban y la devolvían a la India. Así que urdió un plan. Cargaron una pequeña pistola, monedas de plata y algo de comida. Se disfrazaron de mendigos y empezaron a peregrinar montañas arriba. “Les dijimos a todos que íbamos en busca de hierbas medicinales. Yongden se hizo pasar por hijo mío. Me teñí la piel con ceniza de cacao, usé pelo de yak que teñí con tinta china negra, como si fuera la viuda de un lama brujo. Decidimos viajar de noche y descansar de día. Viajar como fantasmas, invisibles a los ojos de los demás. Alguna vez tuvimos que hervir agua y echar un trozo de cuero de nuestras botas para alimentarnos”, relata en Viaje a Lhasa. Cuando finalmente llegaron a la ciudad, una tormenta de arena les ayudó a pasar inadvertidos. Esqueléticos, demacrados y vestidos de mendigos, una mujer les ofreció alojamiento. Lo habían conseguido, tras cuatro meses y 2.000 kilómetros a pie por el Himalaya. Era 1924 y se convirtió en la primera mujer occidental en entrar a la capital del Tíbet.

Regresaría a Europa convertida en una heroína. Apareció en la portada del Times como la mujer sobre el techo del mundo. Fue medalla de honor de la Sociedad Geográfica de París y legión de honor. La única persona acreditada para hablar del Tíbet y de budismo. Compró un terreno y construyó su primera casa en Digne-les-Bains, una pequeña localidad al pie de los Alpes franceses, a la que llamó Samten Dzong (fortaleza de meditación). Fue su refugio para escribir más de 20 libros sobre sus aventuras, dar charlas, recibir a personalidades y seguir leyendo textos budistas. Hoy la casa se puede visitar y se ha construido un museo aledaño. Un magnífico recorrido por la vida de Alexandra David-Neel que incluye fotos, vestimenta y parte de su equipaje. Además de ver su habitación, biblioteca y la mesa donde se sentaba a escribir probablemente pensando siempre en viajar. A los 67 años se sacó el carné de conducir y organizó un nuevo viaje en el Transiberiano a China, que recorrió durante 10 años. A los 100 renovó el pasaporte. “Por si acaso”, aseguró. Murió a los 101 años en Samten Dzong, pero las cenizas de esta viajera incansable se esparcieron junto a las de Yongden, fallecido 14 años antes, por el río Ganges.

Estaban ahí

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Me han videollamado Alicia, Domi y los tres niños. Les he visto por Skype. Me ha preguntado qué tal estoy Marta, también Martita. Escribí a Toñín después de muchos años para preguntarle si estaban bien. Su mujer, sus hijos, sus padres. Me escribo con Tomi y con Elena. Para saber de Miriam, de Mili, de Tomás. Me ha escrito Abdul desde Egipto, Heng desde Camboya, Miriam y Marco desde Colombia, Julio y Geraldine desde Marsella, Manuel desde Puerto Rico, Eli y Vasiliki desde Atenas, Julio y Juaco desde Londres, Patricia desde Nueva Zelanda, Olivier desde Nimes, Nuno y Rita desde Portugal.

He escrito a Carmela y a Santi, a Carlos. ¿Cómo lo llevais?

Me escribió Dani.

También Ana C. Alberto P. ¿Cómo lo llevas, dónde estás?

Me escribió Julián desde la tele por si necesitaba algo. Miguel.

Me llamó Ángeles.

Escribí a Concha y a Jerome. A Juan Luis y Carlos. A Pierre.

Me conecto cada mañana con mi familia. Con mis padres, con los niños, con los cuñados, con mis hermanas. Por las tardes llamo a Nil. Hola cacharrito, ¿qué tal está el equipo de superhéroes?

Hago videogimnasia con Gala y Bea, con Lupe y Ángela. Estoy a ver si convenzo a Cris.

El viernes videotomé un café a media mañana con Berna. Antes de la videollamada de los comanditos.

Con los culos inquietos videocall al menos dos veces por semana. Cenamos o tomamos una cerve.

Con José Ángel Trotaviernes también. ¿Qué estás haciendo?, ¿hablamos de grullas?

Me he descargado Skype, Hangout, Zoom, Jitsi Meet.

Hoy por zoom he asistido a un club de lectura en inglés para comentar un cuento de Kazuo Ishiguro.

Me escribo con Marina. Con Teresa me llamo cada dos días o así.

Me escribió José Manuel Huertecito.

La tía Montse. Con Jerónimo cada dos por tres.

Mi vecina Mari Carmen, mi vecino Antonio, sanitario dándolo todo en el Gregorio Marañón. Un aplauso por él. Mari Cruz y Maria José. Isabel. El equipo de la comunidad de vecinos. Aquí estamos, para lo que haga falta.

Estaban ahí. Más aislados que nunca, más unidos que nunca.

Esta foto me la mandaba hoy Carlos. Decía “ellas no saben que no pueden salir…”

Esa inquietante irrealidad

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Lo hablaba hoy con Berna.

Vivimos en la irrealidad. Estamos pasando por un momento que no existe. Esto que nos pasa no es real.

Podría ser que la vida estuviera transcurriendo tranquila y pacífica, rutinaria y frágil, podría ser que nada estuviera ocurriendo fuera de nuestras paredes, que todos los días fueran el mismo. Podría ser. Que hubiéramos asumido unas costumbres que, sin gustarnos del todo, tampoco es que estén tan mal. Porque el problema paredes adentro sólo es la prohibición de salir.

Podría ser.

Que nos estuviéramos levantando por la mañana y desayunáramos cara a cara con la familia, los niños, todos a la mesa, el café recién hecho, todos en pijama, tostadas para todos y después cada uno a sus quehaceres en el mejor de los casos. Los padres a teletrabajar, los niños al aula virtual. Los abuelos a leer el periódico o algún libro o a cocinar o a tantos quehaceres que exigen los días.

Salimos de casa para hacer la compra, calles vacías, como si fuera un domingo temprano, no hay ruido, no hay tráfico, no hay humo, atascos, pitidos, devenir de gente estresada que camina deprisa no se sabe muy bien por qué, doblas la esquina y no tienes precaución de chocarte con nadie porque nadie va a pasar. Podría ser real. Podría serlo.

Pero no.

Intuimos que algo pasa y que esto no es lo real. Pero ¿dónde está lo real si no se ve? ¿y qué es lo que de verdad está pasando?

En la carrera había una asignatura donde ponían películas y recuerdo que veíamos las reacciones de distintos protagonistas en los supuestos en los que:

  1. Todos saben algo y el protagonista no.
  2. Nadie sabe nada.
  3. El protagonista va a comunicar algo que nadie sabe.

Nosotros ¿en qué película estamos? ¿dónde están los espectadores?, ¿Hola? ¿Nos hemos perdido algo?

Porque en cuanto pones los informativos, abres el ordenador para leer el periódico o te conectas a las redes sociales y ves lo que está pasando ahí fuera, se te congela el corazón. Te sientas a leer y sufres una convulsión. Lo que era calma se convierte en tensión. Lo que era sonrisas en lágrimas. Lo que era intuición confirma los peores datos. El monstruo ha venido a verte.

Y lo sabes. Y tienes ese momento al día en el que pasas de la risa al llanto y de la comedia a la tragedia. Pasas ese momento de pánico, de incertidumbre. El monstruo está ahí y se va acercando. ¿Hasta dónde llegará? ¿Va a llamar a mi puerta?, ¿A la de mis seres queridos? Y abres facebook y además de los grupos de recetas vegetarianas y los de compraventa de segunda mano aparece un médico explicando por qué el virus afecta a gente con problemas respiratorios y por qué tu país va tan mal, vas a tu muro y hay alguien que cuenta las fases por las que se pasa en el confinamiento. Sales de facebook, entras en otra cualquiera red social y allí encuentras gente que ha sanado del virus y se ha quedado sin olfato y gente que ha perdido a sus padres sin haber podido cogerles la mano. Y sanitarios que ofrecen a usuarios de las redes enviar mensajes a sus padres o abuelos aislados y cogerles una mano enguantada, fría y anónima para decirles adiós. Y ves que España es una gran morgue y que la curva no deja de subir. Y que no se están haciendo suficientes test. Y que no hay mascarillas ni respiradores. Y que otros países no son consuelo y los grupos de whatsap te mandan audios lastimeros de médicos llorando y un amigo te cuenta que no deja salir de casa a sus padres ni para sacar la basura y otro que le lleva la compra a sus padres y se la deja en el ascensor. Y piensas en salir de casa y encuentras el siniestro kit preparado, la mascarilla y los guantes y un jabón con alcohol para que nada te roce. Y se te endurece el cuerpo y te haces fuerte y quieres salir a matar a un enemigo que no ves.

Pero apagas todo y abres tu libro de viajes a Grecia y piensas a ver si este verano puedes ir a nuevas islas y recuerdas a Henry Miller en El coloso de Marousi y te prometes que este año vas a Ítaca. Y al Tíbet. Y a Papúa Nueva Guinea porque te ha gustado Armas, gérmenes y acero de Jared Diamond. Y a Hawai. Y tu hijo te dice que hagas con él un puzzle y lo haces. Y te asomas a la ventana y vuelve la irrealidad inquietante. Las nubes siguen su curso. Y el silencio. Y te preguntas si hará frío hoy porque ves que hace un buen día. Y el piano de algún vecino lejano suena a lo lejos. Pero algo está pasando ahí fuera. Y no sabes qué es.

El bicho

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Cada día que salgo a la compra me entra la misma angustia. ¿Dónde está el bicho?

La odisea comienza nada más salir de la puerta de mi casa. Mierda, he tocado el pomo. ¿Me pongo ya los guantes o espero a llegar al súper? Venga, espero pero no toco nada. Decisión de la que me arrepiento nada más tomarla. La fuerza de la inercia me lleva a tocar otros dos pomos, los de las dos cancelas que hay para salir a la calle. Sin guantes. Uf, la estoy liando parda y sin salir de casa. Llevo ya puesta la mascarilla. Cuántas veces me sorprendo queriéndola tocar porque es ponermela y empezarme a picar la nariz. Voy por la calle, ni miro a la gente con la que me cruzo, no vaya a ser que el bicho me salte porque le he mirado como los monos que había en las cataratas Victoria. Les mirabas a los ojos una fracción de segundo y venían a por ti. Llego al súper. ¿Cojo primero el carrito o me pongo los guantes? Ay señor qué nervios. Lo primero me lavo las manos con un gel abrasivo que hay a la entrada y después me he puesto los guantes con las manos mojadas. Se me han roto. Ufff el bicho va a venir a por mí. Me dice un chaval ese gel es para el carrito, el de las manos es aquí a la vuelta. Qué vergüenza, así decía yo que se me quedaban las manos como el esparto. Y a quién se le ocurre inventar un gel para carritos, primera noticia que tengo. La gente está muy aburrida. Cuando después del nerviosismo inicial a la entrada del súper y de haberme lavado las manos con el gel del carrito y el carrito con el de las manos y haberme quitado ya varios pares de guantes porque con los nervios no muevo bien los dedos, al fin inicio el recorrido. Debo de llevar varios bichos pegados ya a los zapatos. Ufff agarro poco la cesta por aquello de no tocar. Se me cae varias veces y provoco una colisión como las de la vuelta ciclista. Varios heridos y personas mayores en el suelo. Quizá muertos por atropello. Me tocan. El bicho a estas alturas ya me está devorando el hígado. Me toco la mascarilla porque de los nervios me gotea la nariz. Toma, ya me lo he metido por los orificios nasales. Directo a los pulmones. Espérate si no salgo de la zona de congelados en uvi móvil. Con los mismos guantes abrasados cojo chirimoyas, boniatos, lo que sea, hay que salir de aquí zumbando. Les pego el bicho del carrito, de los pomos de las puertas y de todo lo que se me ha quedado por el camino. Lo peso y al sacar la pegatina del precio por la máquina, se me queda pegada a las puntas y se me rompen los guantes, horror, me voy a desmayar, tengo las puntas de los dedos al descubierto, todos los bichos del supermercado me quieren ver muerta. Decido alcoholizarme ante lo que se me viene encima y compro unas diez botellas de cerveza para desmelenarme el fin de semana delante de la ventana esperando que llegue la hora del aplauso. Me dirijo a la caja, ¡para pagar tengo que abrir el bolso con los dedos llenos de bichos por los guantes rotos por el ticket de los calabacines! No me puede ir peor, me mareo de un momento a otro, de esta voy a la UCI con un carrito lleno de pepinos envenenados. Meto los dedos en el bolso, el único sitio donde no había bichos y lo toco todo, el monedero, la tarjeta, todo. Los dedos se me mueven a una velocidad supersonica. Lo infecto todo. Las llaves del coche, el pintalabios, todo. Millones de bichos se me están ya comiendo en vivo y yo arriesgo mi vida por ir a por anchoas de Santoña. Consigo pagar y ya infectada del todo y con la cara morada faltándome la respiración, corro hacia mi casa a sabiendas de que no sé planificar la cesta de la compra y solo he comprado unos huevos llenos de bichos que no se cuando me comeré. Por supuesto sigo con los guantes rotos sobre las manos abrasadas y tras tocar ya las llaves, las puertas y lamer la barandilla hasta el quinto llego a mi casa y me digo, tranquila, te duchas con lejía y asunto arreglado. Ya picándome todo el cuerpo y con mi casa llena de bichos comecocos me doy cuenta de que lo mejor en estas cosas es el exterminio total, si voy a morir, moriré matando. Entonces preparo un barreño de salfumán con cal viva y me meto dentro. Bichos del mundo, salid de mi cuerpo serrano. A mi lado el increíble Hulk es un cuento de princesas. Si saco un rato pongo a secar la mascarilla y las bolsas de la compra y mañana será otro día.

Juntos nunca hemos perdido

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La del 4d que aplaude con fuerza y sus palmas junto a las mías hacen eco en el patio, Isabel en el 4c que aplaude con ganas y la poca fuerza que aguantan sus ancianos brazos. A veces miro hacia abajo y junto a sus palmas aplauden las de la chica que la está acompañando, cuatro palmas claman más que dos. La familia del edificio de enfrente con dos niños, a los que yo siempre imagino con invitados a comer pero a aplaudir siempre y solo salen los cuatro. La pareja de al lado, el señor viejecito que me dice hola de ventana a ventana y sé que me sonríe aunque no acierte a distinguir su cara. La pareja de la terraza que da al norte y les imagino felices por tener terraza e invitar en verano a sus amigos, que han empezado a aplaudir hace poco. Las dos chicas de la esquina que mueven unas campanillas y hacen que todo sea mejor. La chica alta que fuma sentada en su balconcillo y que echa el humo pensativa varias veces al día. El señor del primero, siempre sólo, nunca falta a esa hora a ese balcón. La chica a oscuras de la ventanita derecha. Creo que su ventana es la del baño. Gracias por unirte. Ya es de noche cuando te veo y no te distingo pero me llega tu fuerza. Quien serás. Los niños del edificio de la izquierda, les encanta salir y aplaudir. A veces me llegan sus vocecillas emocionadas. Los del último piso de enfrente, los de la cristalera a quienes veo algunas mañanas si es muy temprano y los dos hemos encendido la luz. La cristalera es de su cocina. A veces a las 6. 30 ya están en pie. Esos por ahí no se asoman nunca. La chica que tienen debajo. Nunca falla. Mi vecino de al lado, a quien nunca he visto ni la cara ni las palmas pero sé que está ahí. Los de arriba, no paran de hacer ejercicio en casa y videoconferencias. Me gusta saber que les llaman y que están activos.

Todas esas ventanas y balcones se abren cada día a las 20h iluminando el barrio. Estamos juntos en esto. Porque me llega la fuerza de sus ventanas a la mía. De su luz a mi Luz. De sus encierros al mio. De su soledad a la mía. Madrid no se rinde. Juntos no podemos perder.

Primavera en el portal

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8.00h. Abro los ojos. ¿Seguimos igual? Seguimos igual. Sólo hace unos días estaba de vinos con Gala en la calle Hortaleza, viajando en tren por el sur de Francia o en la peluquería de Julia. Sólo hace unos días esperaba la llegada de la primavera sentada al sol en una terraza de la plaza de Olavide. Me iba a ir de viaje tres meses más, iba a acudir todos los días a DocumentaMadrid, estaba esperando que me llamara Jorge para ir al Vinitus. Ayer. Reconozco que todavía no me he adaptado a la nueva situación, por transitoria que sea. Paso las mañanas trabajando, como rico, veo películas y docus en Filmin y Netflix, me lleno de proyectos de museos online, teatro, libros pero paso la tarde picoteando aquí y allá. Algo de inglés, algo de francés, algún párrafo de alguno de los libros que tengo empezados… el aplauso de las 20h.

En esta nueva realidad, ha cambiado que salgo y grito :¡Ánimo! y veo como aplauden los niños de enfrente y los niños de al lado y me emociona. Ha cambiado que ayer me encontré con Mari Cruz y con la hija de Isabel en la escalera y una en un piso y otra en otro estuvimos charlando de cómo estamos. Estamos tranquilas. A ver qué pasa. Estamos bien. Ha cambiado que un día sí y otro no salgo a hacer ejercicio a las escaleras. Subo y bajo corriendo los cinco pisos una y otra vez. Hasta que sudo, hasta que me agoto, hasta que mi cuerpo me pide parar. Ha cambiado que ayer el ejercicio lo hice con Gala y Bea de su móvil a mi móvil y un tabla de IG. Ha cambiado que tenía un esqueje hijito de aquellos que en su día me dio Ana C. en una botella de agua y ayer decidí plantarlo en esas macetas oscuras y feas del portal. Después de hacer ejercicios aeróbicos hasta la extenuación bajé con la botella y el esqueje como si fuera la llama olímpica y lo planté.

Y descubrí que en la maceta de al lado alguien había hecho lo mimo. Recién plantado estaba este pequeño aloe. Así que lo regué. Volví a subir a casa por las escaleras con la botella vacía, la llené de agua y bajé. Regué ambas macetas. Si de verdad ha llegado la primavera, que se note en el portal, que para nosotros ahora, es nuestro parque, nuestro bosque, el portal es la gran ciudad, la naturaleza, nuestro más allá. Quien baja al portal ve mundo y se llena de valor. Y nosotros estaremos castigados pero la vida tiene que seguir.