Qué alegría me he llevado

Estándar

Acabo de llegar de El Pato amarillo de llevar ropa ¡¡y me he encontrado allí con Gloria!! No sabía que se conocían… Qué ilusión me ha hecho ver juntas a mis dos ángeles.
Os recuerdo que El Pato amarillo es una asociación de madres y abuelas (ahora ya también hijas y nietas) que recogen ropa y comida, la lavan, limpian y remiendan y la reparten entre más de setecientas familias pobres que cada día hacen cola y aguardan su turno en su local del madrileño barrio de Orcasur.
Y Gloria lleva Proyecto Gloria. Recoge hombres de la calle y les lleva a vivir con ella. Con una furgoneta que tienen recogen muebles usados, los restauran y venden en dos mercadillos que tienen. Así es como viven. Y Gloria asegura que son su única familia.
Os dejo dos enlaces para refrescar la memoria.
http://periodismohumano.com/cooperacion/atendemos-a-casi-seiscientas-familias-la-mayoria-espanolas-que-en-su-dia-fueron-de-clase-media.html

http://periodismohumano.com/temas-destacados/hemos-querido-morir-antes-de-llegar-a-casa-de-gloria-ahora-todos-queremos-vivir.html

Y las webs de los dos proyectos, por si queréis colaborar:
http://www.proyectogloria.org

asociacionpatoamarillo.com

También en este blog encontraréis información.
Hay ángeles entre nosotros.

Anuncios

Juan Ramón espiritual

Estándar

Después de considerar a Machado budista, aparece en mí una nueva manera de interpretar a Juan Ramón. Grande Juan Ramón. Relaja, apacigua, calma. La verdadera naturaleza de las cosas.

Sydney, last hours

Estándar

Sydney final de viaje, Sydney game over, Sydney se me acaban las vacaciones ¡ay!, se me acaban los días, se me acaba el tiempo y tengo que volver.

En Sydney me alojo en una habitación dentro de una casita de Airbnb muy cerca de la céntrica parada de metro Stanmore y al ladito de uno de mis barrios favoritos de Sydney, Newton. Una bonita habitación de madera en una zona muy tranquila cerca de un monasterio budista.

img_20181105_1243047926152118782127051.jpgLos días que paso en Syney los dedico a pasear por la ciudad, a curiosear, a olisquear una urbe nueva, acogedora y amigable y, sobre todo, una urbe que vive la transición de la primavera al verano. En Sydney luce el sol y me dice que me quede. En Sydney se alternan los aborígenes con Cocodrilo Dundee.

img_20181105_1049076488083280745164104.jpg

 

A Sydney traigo muchas preguntas, muchas dudas, muchas reflexiones y muchos recuerdos guardados en mi corazón. Sydney es final de viaje, última parada y me hace caminar con nostalgia y avidez, con ganas de verlo y sentirlo todo y sin ganas de marcharme.

img_20181027_1602496484775761357895386.jpg

Me quedaría a vivir en Sydney, regresaría a Samoa, me bañaría de nuevo en la Blue Lagoon de Airlie Beach, treparía otra vez por el King’s Canyon o por Kata Juta, sería nuevamente suncamer o sungoner, bebería otra vez los vinos de Adelaida y volvería a amanecer en Melbourne una y otra vez. Wake me up when it’s all over.

img_20181105_1049248523975964998863976.jpg

¿Por qué unas culturas evolucionan y otras no? ¿Por qué unas evolucionan y se desarrollan más que otras? ¿Evolucionan menos las islas? ¿Cómo influye el aislamiento? La respuesta es no porque Australia es una isla y se ha desarrollado. Islandia es una isla y se ha desarrollado. ¿Por qué Samoa no? ¿Por qué vive de las remesas de samoanos y no de una autogestión evolucionada? Según Fabio ( no os lo presenté pero lo conocí este verano en Menorca), la respuesta la tiene el antropólogo Jared Diamond en su libro Armas, gérmenes y acero. Habrá que leerlo. Una lectura más para rematar este viaje.

img_20181027_1440201127361180886507640.jpg

¿Por qué nos comemos a los animales? Thoureau en su Walden asegura que el siguiente paso que hemos de dar como humanidad es dejarnos de comer a los animales ya que venimos del canibalismo y un acto de evolución espiritual y de desarrollo sería comer sólo vegetales… pero Arsuaga en su libro Los Aborígenes (las lecturas de los viajes me trastornan) explica cómo ya nos comíamos a los animales mucho tiempo atrás y cómo eso nos hizo evolucionar incluso cambiar nuestro cuerpo. Nuestra mandíbula cambió para que pudiéramos comer carne. ¿Cuál es nuestro siguiente paso si queremos ser una humanidad estelar o seres de luz? (¿Queremos ser una humanidad estelar tras un proceso lento, sostenido y esforzado?)

img_20181105_1013149084421395650549439.jpg

¿Por qué pasamos la vida en un trabajo que poco o nada nos motiva o nos interesa? No es mejor dedicarnos a nuestra pasión, como William Finnegan en Los años salvajes e ir pagándola con trabajillos ocasionales? ¿por qué hacemos cosas que no queremos hacer? Todos estos libros me han cambiado, al igual que el viaje. Triste es el viaje que no hace al viajero. Tristes los libros que no transforman al lector. Y yo vuelvo transformada. Aunque sea un poquito. Me quedan horas en Sydney y ni siquiera logro formarme una idea de cómo estará Madrid. Madrid en otoño, Madrid en noviembre, Madrid donde me refugio.

img_20181105_115124766579823986092613.jpg

Paso la mañana caminando por el centro de la ciudad donde me impactan imágenes como esta de aquí arriba, un tipo meditando en movimiento en plena calle. Cojo el metro, después el tren y llego al aeropuerto internacional Kingsford Smith donde me espera mi vuelo de Etihad para llevarme a Abu Dhabi y de allí a Madrid. A España. Los países no existen. Las fronteras tampoco. Ni la patria. Son símbolos.

img_20181106_074246-011303895221207914483.jpegSiempre hay un vuelo que me deja en Madrid.

Samoan airways, never again

Estándar

Pero de Samoa no me iba a ir tan fácilmente. Tras patearme el pueblo de Lalomanu para conseguir un taxista que me llevara por mínimo 50 euros al aeropuerto en domingo, día de apocalipsis zombie en Samoa, (el taxista que me ofrecían en el hotel cobraba más de 60 euros por lo mismo), llegué al aeródromo donde la gran compañía Samoan airways había cancelado mi vuelo a Sydney para el día siguiente. Y encima me decían que hubiera mirado el correo, que me habían mandado un mail la noche anterior.

img_20181102_1757327705304760324761823.jpg

Tremendo disgusto. Si el vuelo se volvía a retrasar, me impediría tomar mi avión a Madrid que partía en dos días. Tremenda tragedia. Tras mi consiguiente pataleta, pollo, disgusto y malas caras y la desidia de los empleados conseguí que me llevaran a un hotel a pasar la noche y me pagaran la comida y la cena además del traslado hacia el aeropuerto. Un sandwich de lechuga y tomate y unas verduras con pescado.

Cuando llegué al hotel Mona Lisa, a las afueras de Apia, la capital, había otros veinte pasajeros indignados que en lugar de montar pollo en el aeropuerto, lo habían montado en las oficinas centrales de la compañía. Total, al final todos habíamos ido a parar al mismo hotel que, ni era el mejor de mi vida ni el peor. Decidí salir a dar una vuelta y sacar partido a semejante situación y no dejarme llevar por los nervios.

img_20181103_1726287868162829937657880.jpg

Pero decídí echarme a las calles, pasear, hacer mis últimas compras con tarjeta y regresé al hotel cargada de fruta para pasarme la tarde leyendo o viendo la tele samoana.

Peeeeero mi alegría iba a durar poco. En el hotel me comunican que la compañía se desentiende de los traslados y tenemos que buscarnos la vida para ir al aeropuerto al día siguiente a las seis de la mañana. Mi indignación no vale de nada porque la recepcionista era una mera transmisora en este caso de malas noticias y yo sólo pensaba que no me quedaba dinero, me lo había gastado todo ya en Taufúa y que ningún taxi de la isla me podía cobrar con tarjeta ya que en Samoa lo de la tarjeta era sólo para pagar en lugares puntuales. Y el aeropuerto estaba a media hora del hotel. Decidí entonces preguntar a alguna de las familias samoanas que estaban en mi misma situación a ver cómo pensaban ir al aeropuerto. Me acerqué a una señora muy simpática con la que ya había cruzado antes algunas palabras porque era la cabeza de una familia llena de mujeres y me había generado curiosidad. Con ella viajaban su hermana, su hija y su sobrina. Todas a Sydney, de ahí se trasladarían a Brisbane, donde ella trabajaba como ingeniera. Cuando me acerqué cariacontecida, contrita y contrariada además de indignada y perpleja a ver cómo se iban a organizar me dijo que habían llamado a un tío suyo de Apia a ver si les podía ir a recoger al día siguiente. Y si el tío aceptaba, estarían encantadas de guardarme un hueco en su furgoneta.

-Uuuuuuffffffffff ¿y si el tío dice que no?

Me miró sonriente y cariñosa y me dijo:

-Tranquila, va a decir que sí. En Samoa nos apoyamos mucho en la familia y no nos va a dejar tiradas. Y si te hacemos este ofrecimiento de que vengas con nosotras es para que veas que los samoanos somos un pueblo amable y acogedor y no te quedes con el disgusto de esta compañía aérea impresentable y creas que somos todos así.

La señora me había ganado para su causa. De verdad los samoanos eran un pueblo amable y acogedor, no tenía ninguna duda. y las islas unos lugares espectaculares. Y su cultura, tradiciones y sociedad, dignas de ser estudiadas y tenidas en cuenta.

img_20181103_2048511390341726930142621.jpg

Feliz me fui a dormir no sin antes ver el ejemplo de belleza samoano que supuse que encarnaba la presentadora del informativo y a la mañana siguiente de pronto sin haber amanecido la compañía mandó autobuses desde las 5.30 de la mañana por sorpresa así que me subí donde pude y llegué al aeropuerto mientras amanecía. Desayuné un café y unas tostadas por 7 euros (aún no conozco ningún aeropuerto en el mundo que no robe) y la compañía australiana Qantas me dejó en Sydney tras 6 plácidas horas sobrevolando el océano Pacífico.

img_20181104_093001-014428618966094394024.jpeg

Últimos días en Polinesia

Estándar

img_20181101_0734267403657898947884724.jpg

Tomé de nuevo el ferry de vuelta a Upolu, éste más pequeño y sin asientos por lo que fui en una silla de plástico pegada a los motores y llegué apestada de olor a gasolina tras 80 minutos de travesía. Bonitos pero apestada. No nos engañemos, crucé el paraíso contaminada perdida.
Allí mismo en el puerto tomé el bus hacia la estación de autobuses (mientras al lado se me sentaba una señora que me pagaba el billete y me regalaba un chupa chups) y allí tomé un nuevo bus hacia lo que había sido la vivienda del escritor Robert Louis Stevenson en Samoa sus últimos años, Villa Vailima y que pronto publicaré en mi revista literaria favorita. Tranquilidad, lo podréis leer aquí en pocos días.

img_20181101_1155522330564434136871446.jpg
Regresé a la estación de autobuses para viajar, en esta ocasión a la aldea de Lalomanu, donde había decidido pasar mis últimas noches en una bonita playa aunque un poco cansada ya de fales con vistas al mar.
En la misma estación de autobuses estaba el mercado de pescado. Mis escasos conocimientos marinos y mecánicos me impedían adivinar si los peces estaban azules por la inhalación de los gases de los tubos de escape de los autobuses o eran así.

img_20181103_220642-014126635413491980517.jpegEn este segundo supuesto eran peces preciosos a los que sus vendedores abanicaban después de muertos para que no se los comieran las moscas.

 


Encontré el autobús hacia Lalomanu y me enteré de que salía dentro de tres horas. Para mis sorpresa, los pasajeros ya estaban dentro esperando. ¿por qué? por algo que había descubierto en la isla, los pasajeros se sientan a coger sitio para que nadie se lo quite y que no les toque ir de pie ante la escasez de frecuencia de autobuses y transporte público.

img_20181101_124216745158140682848794.jpg No me podía creer que tuviera que pasar 3h. allí sentada ocupando mi sitio así que dejé una mochila en el asiento elegido y me bajé a ver si algún taxi me quería llevar a mi destino, a unas dos horas de Apia, la capital, donde me encontraba, teniendo en cuenta que, al ser mis últimos días en Samoa, me quedaba pocas talas, el dinero samoano.

Pero como poderoso caballero es don dinero, en cuanto me acerqué a los taxistas y les sugerí si alguno me llevaría por una escasa combinación de dólares australianos y talas samoanos, rápidamente me rodearon y empezó una dura negociación. Que si danos más, que si no tengo más, que si más dólares y menos talas, que si no me queda dinero para comer y os doy todo lo que tengo y un largo etcétera de recursos verbales que empleé, al final me ví subida en el taxi de un tal Taugata, que debía vivir cerca de donde yo iba para rabia y envidia de todos los pasajeros del autobús que, según saqué de allí mi equipaje, desearon que todos los bichos de Lalomanu juntos me picaran, me mordieran y me chuparan toda la sangre que corría por mi cuerpecito serrano.
Upolu era también espectacular… toda verde y tropical, llena de escuelas e iglesias, hoteles y resorts, tiendecitas llenas de frutas al pie de la carretera y cerdos que se nos cruzaban por el camino una y otra vez.

 

 

Y llegué a Taufúa, donde no había reservado y no sabía si encontraría sitio.
Un tipo mal encarado con la obesidad mórbida más imponente que he visto en mi vida y sin poderse mover de su silla a cuenta de su talla XXXXXXXXL me recibió sin mover un músculo de la cara y pidiéndome 35 euros por noche asegurando hacerme el favor de no cobrarme 40. Le dije que ni hablar, que no iba a pagar más de 35. Me dijo entonces que fuera a otros fales que había al lado. Por supuesto me levanté muy seria (sin chulería, no fuera que tuviera que volver cabizbaja en unos minutos como así ocurrió) y me fui a los dos fales de al lado, unos carísimos pero monísimos con una dueña igualmente poco dispuesta a la negociación y otros que para dormir ahí era mejor hacerlo en la alfombra de un fakir.
Regresé donde el obeso malencarado y entonces ví a Andrés, mi amigo porteñoo que, como buen argentino, andaba platicando non stop ante unos guiris que no pestañeaban.
-Andrés
-Gallega, por fin llegaste.
– Este tipo es un borde, este sitio carísimo y mi taxi ya se ha ido. ¿Qué hago?
-Gallega, dejáte de rollos, paga a este tipo lo que pide y alójate acá. Esto es el paraíso. Te tengo que presentar a una valenciana que he conocido, casada con un sudafricano y a una pareja de venezuela y colombia.
Como no tengo personalidad, en cuanto Andrés terminó de hablar saqué los pocos talas que me quedaban, pagué y nos fuimos a conocer a sus nuevos amigos con quienes formamos un club hispano bastante entretenido.
El lugar era bonito, era verdad. Según entré en mi fale, que tenía cama y mosquitera, desplegué todo mi arsenal anti bichos y pedí al universo que no se fijaran en mí o que enviara la peste para exterminarlos a todos.

img_20181102_1300581461048701554034019.jpg
Dormí bien y comí muy bien, la comida de este lugar era excelente, también con comedor sobre el océano y con unas aguas cristalinas y paradisiacas, tal y como me había dicho Andrés.
Y así conocí a Patricia y a su marido. Ella era de Valencia y había vivido muchos años en Londres. Después de conocer a su marido, habían vivido en sudáfrica pero decidieron trasladarse a Nueva Zelanda. Patricia y yo conectamos rápidamente. Era una chica abierta y simpática que también se emocionaba al hablar de Valencia y de sus seres queridos y lejanos. Me llevo algo de tí para España. Dime qué les digo si les veo. Dime qué quieres que te traiga si te vuelvo a ver.

img_20181102_1152237199881167501447356.jpg
A la mañana siguiente, después de desayunar, decidimos bañarnos todos. Mi felicidad era extrema. No tenía que ir a ningún sitio, mi plan se limitaba a desayunar, bañarme, comer, dormir y tomar alguna cerveza rodeada de una charla interesante sobre los más diversos temas. Cuando uno está lejos y fuera de los cánones diarios y las rutinas habituales, quién sabe cuántas y cuáles capas se caen y cuántas máscaras desaparecen y de pronto uno se sorprende hablando desde la emoción y contando cosas que quizá nadie del entorno habitual haya escuchado jamás. Qué hago aquí. Quién lo sabe y qué más da. Había muchos neozelandeses viajando por samoa y también europeos y algunos australianos. Y lo único que yo tenía que pensar aquel día era qué bañador me ponía.

img_20181102_1152403588317118789072918.jpg

Éramos felices juntos dentro de aquellas aguas, todos estábamos de acuerdo, todos lo dijimos al menos una vez. Yo nadé un rato con el grupo y después me alejé para disfrutar sola de aquel paraíso. Entonces me ocurrió algo que no me había ocurrido hasta entonces. Miré al cielo y noté una presencia. Después miré al mar, al agua donde yo estaba metida y ví que había algo vivo delante de mí, un ser vivo que me llamaba la atención.Una presencia poderosa y amorosa. Cerré los ojos mientras la brisa y el sol me acariciaban la cara y me dí cuenta de lo que era; la espiritualidad de la naturaleza, la naturaleza estaba viva como yo y me estaba contando que me ofrecía el regalo de dejarme estar allí, de querer estar conmigo, ese lugar me quería, yo me sentía integrada y parte de ella y por tanto todo fluia con amor.

img_20181102_1300486892910174042372112.jpg

 

 

Me entró mucha alegría y confirmé nuevamente que si abrimos los ojos a lo que tenemos alrededor y prestamos atención, hay presencias amorosas que nos llaman, que nos quieren, que nos acogen, que nos permiten estar aquí. No somos los dueños del planeta, nosotros somos los otros, los extranjeros, unos extraños habitantes manipuladores, pequeños y controladores que llegamos hace poco y no paramos de correr sin sabe hacia dónde. Me quedé nadando sola el resto de la mañana y ya me uní al grupo a la hora de las cervezas en la terraza del fale de Andrés. Después comida rica y siesta. O paseo y atardecer. O cervecitas toda la tarde. Sólo tenía que ser feliz.

img_20181102_1847404953745990977064023.jpg

 

Exploring Samoa

Estándar

A la mañana siguiente me levanté, desayuné frutas tropicales, tostadas, café con leche (en Samoa no existe la sacarina) y huevos revueltos y saludé a Andrés, un cocinero argentino alojado también en Tailua. Le había conocido la noche anterior en el comedor rodeado de mar. Había estado viviendo y trabajando un tiempo en Nueva Zelanda y un día sintió que ya era hora de volver a su tierra. Había dejado el trabajo y antes de regresar a América andaba viajando por Polinesia. img_20181029_1216235835617423058061864.jpg
Mientras me contaba su situación, al pronunciar las palabras Buenos Aires se le llenaron los ojos de lágrimas y paró de hablar. Nos acabábamos de conocer hacía dos minutos. Nos duele la patria que dejamos atrás, nos duele la infancia, nos duelen los seres queridos que se encuentran lejos, nos duele la soledad, nos duele, creo, la existencia. Todo esto a veces se hace bola. Y mientras Andrés me lo contaba, sin saber por qué, se me hizo bola a mí también. Vuelve a casa, Andrés, y deshaz el nudo y encuéntrate con tu mamá, tu familia y con el delta del Tigre. Y, sobre todo, contigo.
Andrés se marchaba ese día a la otra isla, a Upolu. Quedamos en volvernos a ver.
Mientras tanto, salí a ver la isla, necesitaba hacer entrevistas, hablar con la gente, no me aguantaba la curiosidad. Samoa, lejos de ser la típica isla turística polinésica de catálogo era una riqueza antropológica. Cómo agradecí haber leído a Margaret Mead.

 

 

 


Empecé a caminar por la carretera, los pueblos estaban pegados unos a otros y eran pequeños. A esas horas de la mañana lo que me encontré fueron mujeres solas en sus fales tejiendo esteras (matts) con la hoja de una planta llamada laufala. De pronto en cada fale había una mujer realizando estas labores con sus manos. Fui pidiéndoles permiso una por una para hacerles fotos y charlar tranquilamente. Ni una sola se negó. Todas estaban encantadas de que me sentara un ratito con ellas a contarles quién era yo y qué hacía allí. Al mismo tiempo ellas me contaron que en diciembre se celebraría el Women in Bussines y vendrían sus parientes mujeres de otros pueblos a dormir allí y tenían que hacer las matts para que durmieran en el suelo de los fales. Yo no me lo podía creer. ¿Women in bussines?, ¿dormir en las matts?

img_20181029_115139-018583770949580850919.jpeg
Al parecer en Samoa hubo algunos ciclones consecutivos a principios de los 90 y una plaga en la hoja del taro (alimento básico como la patata) que mermaron la economía de la isla y las mujeres tuvieron que organizarse para sacar adelante las familias. Desde entonces hasta ahora se había creado todo un tejido social entre ellas que en ocasiones no sólo complementaba los ingresos familiares sino superaba con creces los ingresos del esposo. Las mujeres descubrían sus talentos y hacían mercadillos y comerciaban con café, aceite de coco, bananas, cacao, esteras, etc. creando economías de aldea. img_20181029_1130222875353842182347927.jpg
¿Os lo podéis creer? Tenía delante de mí un reportaje excelente.

img_20181029_110902-018786032294059371146.jpeg
Los hombres en la isla se dedicaban a la pesca y a tratar de sacar adelante a las aldeas representando a las familias. Me hablaron de la figura del Matai. Cada familia tenía su matai, generalmente un hombre elegido por votación que sería quien representaría a la familia velando por sus intereses en las reuniones de los matais de las aldeas. Si la familia consideraba que el matai no hacía lo suficiente por ella, podía destituirlo o, incluso, llevarlo a los tribunales. Todas coincidían que quien más poder tenía en los pueblos, más que los matais, eran los pastores de las iglesias. Os recuerdo que es un país muy cristiano. “Si quieres conseguir mejoras en la vida es importante llevarte bien con el pastor”.

img_20181028_1552566560784962184300534.jpg
Cuando me quise dar cuenta, había caminado por la carretera kilómetros y kilómetros… no sabía dónde estaba… me tocó desandar lo andado y regresar a Tailúa fijándome bien en cada mujer de cada fale y reflexionando sobre la buena organización de las mujeres. Ya cerca de Manase descubrí esta reunión.
img_20181029_1054125072969848630517534.jpg
Me atreví a hacerme la tonta y preguntar en alto y en público quiénes eran, si el hombre que había reunido a esas mujeres era el matai, si eran familia, si era quien les asesoraba en los women in bussines… provoqué muchas risas y no acerté a comprender la situación.
Un objeto que me llamaba la atención en mi camino por la carretera era esta especie de banco amarillo que era de todo menos discreto y donde estaba escrita la palabra basura, en inglés.
img_20181029_103128630188154944745809.jpg
Al poco descubrí su uso no sin partirme de la risa. ¿Y no sería mejor un contenedor discretito donde la basura estuviera tapadita y no a la vista de todos?
img_20181029_103208442282750772264501.jpg
Tremendas historias las que me iba encontrando.
Me parecía que era una isla pobre, un país pobre… pero cuando se me ocurrió preguntar si pensaban que había pobreza, absolutamente nadie me dio la razón.
-Aquí no hay hambre, tenemos nuestros negocios, importamos casi todo pero nuestra economía básica más el dinero que nos mandan nuestros familiares fuera nos da para vivir tranquilamente. Y era verdad que hambre no se veía… es más, lo que se podía ver era restaurantes o apeaderos donde sobre todo primaba la carne, la grasa, los pasteles, los azúcares, etc… empecé a fijarme que no había ni un samoano delgado. Quizá también tenía algo que ver su vida sedentaria. Entre sus hábitos de vida están tumbarse en medio de los fales, en la cocina y dormitar largas horas… img_20181029_1055103926182350455462363.jpg
Después leí que Samoa tiene uno de los índices de obesidad más altos del planeta. Más que en Estados Unidos. Alguna teoría apuntaba a que en sus orígenes los samoanos genéticamente desarrollaron grasa corporal para poder gastarla remando por el océano pacífico en su descubrimiento de otras islas y otros comercios. No digo que no pero lo que yo ví es que por mucha fruta que hubiera y mucho pescado, allí las cucharadas de azúcar blanco y la grasa es lo que más abundaba. Hasta me contaban que uno de los platos más exquisitos era la cola de pavo, pura grasa. img_20181029_142320-22730342016038593922.jpeg
Y eso que yo no paraba de comer arroz con verduras y pescado y pescado con verduras y arroz. Y cocos y papayas.
Al cuarto día decidí cambiarme de hotel y de camino al puerto me alojé en Lauilua beach fales, playa espectacular y fales sin cama pero con colchones sobre esteras donde me acribillaron todos los bichos posibles en el ecosistema.
img_20181031_1907252281484233405551904.jpg
Lauilua estaba regentado por una pareja de eslovacos muy agradables. Ella se llamaba Petra, el nombre de él ya no lo recuerdo. Me hubiera encantado charlar y charlar con ellos porque tenían mucha conversación y, tras año y medio instalados en Savai’i sabían mucho de las costumbres y tradiciones del país además del interés de su propia historia. Me llamó la atención que a la hora de la cena me preguntaron por la actualidad de la situación con Cataluña. Al parecer esa historia era conocida en todo el mundo.
Tras las picaduras de Lauilua y mis noches en un colchón hubo un antes y un después en mi vida viajeril:  me reconocí a mí misma que, lejos de ser una viajera aventurera soy una hipocondriaca a la que le va la marcha. Me había llevado decenas de botes para los bichos, para el antes y el después y salí de allí como un ecce homo. Decicí dejar de dormir en los suelos, al raso, en los desiertos, bajo las estrellas, sobre las hormigas, los escorpiones, pájaros, serpientes, tiburones, cocodrilos, ciempiés o arañas de cualquier lugar del planeta. img_20181031_1720215158623535899323489.jpg
Madrugué en mi última mañana para tomar el ferry de regreso a Upolu, Petra me preparó un picnic con un desayuno a base de sandwich de queso, papaya y pastel dulce de banana y salí rumbo al ferry para regresar a Upolu. Allí pasaría mis últimas dos noches en Samoa.

 

 

En la isla Savai’i

Estándar

A bordo del taxi de Daniel crucé media isla de Savai’i para llegar a mi destino, Tailua Beach fales desde el puerto Salelologa hasta la pequeña localidad de Manase. Por el camino, Samoa no dejaba de sorprenderme.
img_20181028_1513587085936223079153252.jpgSamoa es uno de los cuatro países que forman Polinesia o uno de los catorce que conforman Oceanía. Se independizó del Reino Unido en 1962. El grupo completo de islas, incluyendo Samoa americana eran llamadas «Islas Navegador» por los exploradores europeos del s. XIX debido a la destreza para navegar de los samoanos. Geográficamente se encontraba al otro lado de la línea del tiempo, el meridiano 180 o la llamada date line (línea internacional del tiempo) pero en 2011 decidieron “moverse en el tiempo” y se cambiaron de lado, de tal forma que Samoa  fue un día hacia delante, hacia el oeste, modificando así su huso horario. (La que cambió su configuración fue la línea, no las islas, evidentemente). La zona horaria anterior se había acordado en 1892 para trabajar en línea con los comerciantes estadounidenses con sede en California y este cambio se hizo para ayudar al país a impulsar su economía y poder hacer negocios con China, Australia y Nueva Zelanda.

Samoa-Timezone

Antes Samoa estaba 21 horas por detrás de Sidney pero este comienzo supone estar tres horas por delante. (y yo con 13 horas de diferencia con respecto a Madrid). Esto significa que en Samoa no existió el 30 de diciembre de 2011 y por ello entró directamente al 31 por lo que a partir de entonces pasó de ser uno de los últimos estados en entrar en el año nuevo, para convertirse en uno de los primeros.

Y entonces llegué. No estaba tan lejos.

img_20181028_153333942253766342983440.jpg

Daniel el taxista me había hecho un buen precio al ser amigo de una hermana de María. El lugar donde iba a pasar las siguientes tres noches con sus días respectivos era espectacular.

Me recibió una mujer llamada Lúa que no era la dueña pero debía ser amiga de confianza y por toda bienvenida me regaló esto.


También para turistas había fales, construcciones sin paredes abiertas al océano protegidas sólo con una especie de persianas de hoja de palmera. Tenían también mosquitera y enchufe. Mi fale tenía cama. Había visto otros donde tendían los colchones en el suelo. Los baños estaban fuera. Iba a dormir con las mejores vistas al mar, con la orilla pegada a mí, casi en medio del océano. El precio eran 20 euros incluyendo desayuno y cena. No me lo podía creer. Y con sábanas que olían a limpio y toalla y la línea del horizonte desde cualquier punto que me situara.

img_20181028_172155649887950267210327.jpg

Detrás de mi fale, del lado de la carretera, estaba la tienda del pueblo. Con sus cocos, sus papayas, su cacao samoano y sus bananas.

Nada más llegar, dejé las cosas y salí a ver ya por fin Savai’i con tranquilidad. Seguía siendo el domingo de mi llegada y me cruzaba con mujeres de blanco elegantemente vestidas que acudían a las decenas de iglesias que había en la isla. En Samoa la gente es muy creyente. Es un país oficialmente cristiano. 

Les pedía que me dejaran hacerles fotos y ellas enseguida se ponían a posar para mí con mucha amabilidad. Estaban muy contentas de ir a la iglesia y vestían sus mejores galas. Salían de sus fales llenos de cachivaches a vista de todos. ¿Pero cómo podían vivir ahí? ¿No les importaba no tener intimidad? Al parecer una de las mayores fuentes de ingresos en el país es la llegada del dinero que envían los samoanos fuera de Samoa, cuya diáspora hay quien dice que es la segunda mayor del mundo por detrás de la armenia. Y me contaban que con ese dinero se han empezado a construir casas con paredes y los fales los dejan como lugares de reunión o si vienen invitados. Allí se veía todo desde cualquier lugar.

Después dí un paseo por la playa, donde a esas horas había pescadores y descansé un ratito antes de cenar. El silencio reinaba en la zona. Sólo se escuchaba el rumor del oleaje. Lúa me había avisado que la cena iba a ser a las 19h. cada día. Yo estaba reventada. El cambio horario con respecto a Sidney me había terminado de rematar. En una estancia rodeada de océano por todas partes cené verduras con arroz y pescado, cosa que haría mil veces más a lo largo de mi estancia en las islas y me fui a dormir. Alguien había colocado la luna enfrente de mi fale y no quise bajar las láminas de hoja de palmera. El océano rugía muy fuerte pero no me importó. Estaba lo más lejos que podía estar de Madrid y me sentía en casa. Y además, al día siguiente me esperaba una nueva aventura. Qué más podía pedir.