De Cracovia a Segovia

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Acabo de llegar de Segovia, un lugar al que últimamente voy bastante. Reconozco que es un sitio precioso. He estado grabando para Comando al sol.

Y quería contaros que, nuevamente, he sido feliz. El viaje ha sido una paliza, no hemos parado ni un rato a descansar, pero yo lo llevaba bastante bien organizado y estructurado. (aunque reconozco que este viaje que hemos hecho en dos días quizá deberíamos haberlo hecho en tres. Lo tendré en cuenta para los siguientes comandos).

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Así fue mi llegada. Próxima estación Segovia Guiomar. Había pasado muchas veces por ahí sin pararme, pasando de largo… recuerdo en alguna ocasión haber dejado su paisaje nevado…  y el viernes al fin Segovia ya era mi destino. Segovia principio y fin. Salí del recinto y me encontré con un solo taxi, un autobús y unas cuantas vacas muy tranquilas a las que les importaba poco quién era yo o qué aventuras iba a vivir.

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Cogí el taxi, envidié un poco a las vacas y me dirigí al hotel Eurostars en la plaza del Acueducto. Allí, ilusa de mí, pensé que por 169 euros que costaba la habitación al menos tendría vistas al famoso monumento romano… pero no. Lo más parecido a mi situación era El Tragaluz de Buero Vallejo. El hotel, de cuatro estrellas, tenía también una terraza con vistas al acueducto con cuatro sillas, alguna sucia y sin ningún orden ni concierto. La cuarta estrella debería caerse ahora mismo. Ya lo dijo Mari Trini.

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Decidí ir a la recepción a confirmar que mi destino para el finde era un zulo. Se confirmaba. En la recepción una joven me aseguró que no me podía cambiar de habitación porque estaban llenos. Pero más allá de eso a mí me alucinaba que en un hotel de esa categoría y con esa ubicación tuvieran sótanos para huéspedes.

Pero la noche del viernes me esperaba con un buen plan. Dejé de lado mi destino infausto en el hotel y salí porque tenía una cita con María Coco. Ven a cenar sushi conmigo a mi terraza, me dijo. No se me ocurría mejor plan para la noche segoviana. María y yo nos acabábamos de conocer no hacía un mes en el comando #comidasdelmundo y la siguiente vez que iba yo a Segovia ya cenábamos juntas en su restaurante Sushicatessen. Tiene una terraza preciosa en un parque, el sushi te lo hacen al momento y el tartar de salmón es inigualable. Mi encuentro con María me redimió de mi desencuentro en el Eurostars. Y me confirmó algo que he descubierto en Comando. Que a quien es positivo le va bien. Y quien busca, encuentra. Y quien la sigue, la consigue.

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Hablamos de amores y desamores, de encuentros y despedidas, también de no despedidas y también de desencuentros. María es una chica valiente que sin dejar su carrera periodística ha sabido llevar el negocio del sushi a Segovia, Logroño, Ciudad Real o Valladolid. Siempre positiva y decidida.

Regresé contenta al zulo y a la mañana siguiente había quedado con Óscar, mi cámara en este viaje, a las 10 de la mañana en el Monasterio san Antonio el real. Nos esperaban dos largas jornadas juntos. Con Óscar se trabaja bien.

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Me gustó la historia de Pilar y su hijo Hugo, de Alberto y su hija María, de las 5 clarisas que sobreviven a los nuevos tiempos y a la falta de vocaciones. Me gustó subir a la torre de la catedral con José María y pasar por la casa de los campaneros.  Me gustó descubrir el restaurante La Almuzara, la casa de Machado, (los pensamientos de Machado y las frases eternas de Machado) (confieso que me acordé de Nacho, que le llamaba San Antonio Machado. Nacho, estuve a punto de comprarte un libro. Sé que te hubiera hecho ilusión que te lo hubiera comprado en la misma pensión donde nuestro poeta querido pasó más de diez años mientras impartía clases de francés. Quizá te hubiera comprado la historia de Guiomar o algún otro con sus pensamientos… Pero cómo se envían libros al cielo, dímelo tú.) , la cárcel con su carcelero y su artista, la carroñada de buitres de la mañana siguiente y nuevamente Sushicatessen.

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A pesar de la paliza, grabar me sigue pareciendo una aventura. Cómo si no iba yo a subir a la que en su día fue la torre más alta de España. Cómo si no iba yo a tener el lujo de que Christian Hugo me regalara un libro con su obra o de conocer a Jose, otrora albañil ahora amo de llaves de la cárcel. Cómo si no iba yo a ver buitres leonados a medio metro de distancia o poder contarle a un experto en Machado, Juancho del Barrio mis reflexiones y suposiciones sobre la vertiente budista del poeta sevillano.

Cómo si no iba yo a haber entrado en La Almuzara y pedir un almuerzo con prisas y el tiempo contado y que la dueña se girara y nos dijera sentaos, hay tiempo, ya está en marcha. Gracias, volvimos a cenar, que lo sepas. Gracias por demostrar que la solidaridad y la responsabilidad que se presuponen cuando uno come ecológico y vegetariano hay que demostrarlas con los seres humanos. De nada sirve ser un consumidor responsable si después tratas a las personas a patadas.

No eché de menos Cracovia. Deseandito estoy volver a Segovia. Y que Comando me acompañe.

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(Ya os cuento cuándo sale)

 

 

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Cracovia de café en café

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Viajábamos en coche a través de la Polonia rural. No paraba de llover pero la autopista que unía el país de norte a sur estaba en buen estado. A nuestro paso campos de colza y pueblos donde no se veía un alma. Cracovia era un alto en el camino antes de llegar a Varsovia. Cracovia era un después a Torún y Gdansk. La ciudad de Malinowski llevaba tiempo esperándome y yo a ella. La ciudad de Wislawa Szymborska, con su gheto, su Auchwitz y su castillo Wawel al fin era para mí.

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Fue así como el último día decidí pasear sola a reflexionar sobre lo que había visto y sentido y recorrí Cracovia de café en café.

img_20190514_2008278818734089261188930.jpgEmpezando, cómo no, por Nowa Provincja, un café con olor a chocolate fundado a principios de los 2000 donde la poetisa del Nobel se juntaba con sus colegas a contarse sus vidas y compartir reflexiones. Os anticipo una de sus poesías. La que más me gusta, la que más me perturba. Falta de atención.

Ayer me porté mal en el cosmos.

Viví todo el día sin preguntar por nada,

sin sorprenderme de nada.

Realicé acciones cotidianas,

como si fuera lo único que tenía que hacer.

Aspirar, espirar, un paso tras otro, obligaciones,

pero sin pensamientos que fueran más allá

de salir de casa y volver a casa.

El mundo podría ser tenido por un mundo loco

y yo lo tuve para mi propio y trivial uso.

Ningún cómo, ningún por qué,

o de dónde ha salido éste,

o para qué quiere tantos impacientes detalles.

Fui como un clavo superficialmente clavado a la pared,

o

(aquí una comparación que no se me ha ocurrido).

Uno tras otro se fueron sucediendo cambios

incluso en el limitado campo de un abrir y cerrar de ojos.

En la mesa más joven, con una mano un día más joven

había pan de ayer cortado de forma distinta.

Las nubes como nunca y la lluvia como nunca,

porque era con otras gotas que llovía.

La Tierra giraba sobre su eje

pero en un espacio abandonado para siempre.

Duró sus buenas 24 horas.

1.440 minutos de ocasiones.

86.400 segundos que mirar.

El cósmico savoir-vivre

aunque calla sobre nuestro asunto,

exige, sin embargo, algo de nosotros:

una cierta atención, un par de frases de Pascal

y una sorprendente participación en este juego

de reglas desconocidas.

¿Os ha gustado? En Nowa Provincja me atormentó el paso del tiempo, quise detener Cracovia. Sus calesas y sus torres. Su mercado, su feria, su Joseph Conrad. Su segunda guerra, sus invasiones, su comunismo y sus tierras planas. Su lluvia, sus ojos grandes.

img_20190514_1950115423954748611618860.jpgPero no lo conseguí. Subí al castillo a pensar en Kafka. Bien pensado en El Castillo también el tiempo estaba detenido. Miré por la ventana de Nowa Provincja y allí estaba la lluviosa y céntrica calle. Y dentro decenas de despertadores que yo interpreté como hermosa metáfora de despertar. Yo quiero despertar. Pero despertar es doloroso. Todo proceso de crecimiento es doloroso, me diría después Jerome. Hay que coger responsabilidad. Días después me encontraría por la calle con Pedro, que me hablaría de su avidez intelectual: tengo una vida, ¿qué hago con ella?

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Ahora tengo algunas respuestas. Irte a dormir de noche pensando en lo que has hecho de bueno y en qué has cambiado el mundo. A quién has hecho feliz y a quién has favorecido. Y así. Me siento en un café a tomar un vino y paso de la avidez intelectual a un helado de chocolate de Mcdonalds. ¿Acaso lo uno quita lo otro? ¿Acaso no se puede ser vegetariana y comer como si no hubiera futuro?

Salí del café, no sin antes pulsar el telefonillo y escuchar la propia voz de Szymborska, la que me había llevado allí, en polaco, recitando algún poema. Y fui directa al Camelot. Sólo por su referencia salmantina quería visitar aquel café. Y no decepcionó.

 

En Camelot escribí a mi familia por whatsap, pedí un café frapé. (¿os he dicho ya que el café en Polonia está al precio de París?). Compartí con ellos mi felicidad. No tenía prisa, estaba de vacaciones, explorando y descubriendo, improvisando como a mí me gusta. Estaba de viaje, estaba de camino, no sé si en el camino, pero bueno. Tenía conciencia de estar allí. Qué más iba a pedir a la vida. Un vino, un café y algo de conciencia en un país lejano.

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Había a mi lado una mesa de mujeres más mayores que yo.

 

Ellas me miraban y yo las miraba a ellas. Eran cracovianas, quizá una reunión de amigas de toda la vida. Quizá una reunión periódica en la que dirían que la amistad es reunirse para hablar siempre de lo mismo pero hacer ver que nunca es lo mismo. Como aquel documental que fui a ver con Miriam a la cineteca en una de sus visitas fugaces a Madrid. Por eso me dolió que jltole me dijera que siempre era lo mismo. Que yo era siempre la misma. Porque seguramente quizá era así. Pero la amistad es ser tolerante con ello y hacer ver que nunca es lo mismo. La amistad y el amor no se dicen, se demuestran. Los que más hablan de amistad y amor son los menos amigos y los más egoístas. Decir y no hacer. Hacer y coger responsabilidad. Demostrar.

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Salí nuevamente a las calles de Cracovia a seguir conociendo la ciudad y dejándome conocer. Salí rumbo a la judería, al barrio judío, a Kazimierz ahora de moda y en otro tiempo residencia de los miles de judíos polacos que allí vivían. Allí me esperaban mis dos siguientes cafés, el Singer y el Eszeweria

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En el Eszeweria me volvió la visita a Auschwitz. No acababa de tragarla. Me había blindado ante tanto horror. Lo habíamos hablado con Juaco en el coche de vuelta. Querían crear una sociedad perfecta. ¿hay maldad en ello? ¿O es sólo ignorancia? ¿Cómo valorar esa intención? Hannah Arendt en el juicio de Eichmann acuñó el término la banalidad del mal, la despersonalización… dijo que vió a Eichmann sin conciencia y eso le eximía de su obediencia destructiva pero en Auschwitz vimos el horror. Del pabellón 11 nadie salía con vida, nos decía el guía, el trabajo libera, Víktor Frankl, Primo Levi si esto es un hombre… no me dejaron hacer fotos del pelo que les cortaban para emplearlo en otros usos, en telas, en mantas… ¿por qué el pelo no y las maletas o los zapatos sí? Todas las imágenes eran escalofriantes. Pero cuando analizas la intención de quien hace algo todo cambia. La gente no hace mal a nadie, la gente bastante tiene con hacerse un bien a sí misma. El debate en cualquier caso no es entre el bien y el mal sino entre la sabiduría y la ignorancia (¿acaso es otra forma de llamarlo?). Si justificas los hechos con la intención, me espetó Juaco, ¿cómo justificas la invasión del Tíbet que tanto criticas? reconocí que del mismo modo. ¿Tenían los chinos malas intenciones? No, creían que el comunismo iba a salvar al mundo. Era una especie de evangelización a golpe de tortura, igual que los conquistadores-invasores en América. ¿Entonces dónde pones el límite? ¿No estás atentando contra la libertad de expresión?

 

El límite son los derechos humanos, le respondí. Los derechos humanos se crearon después y tampoco tienen que servir de base de nada, además no hay obligación de cumplirlos, adujo él. No es la primera vez que alguien me rebate los derechos humanos. Entonces ¿qué nos queda?

El café estaba más amargo que nunca y en Polonia no existía la sacarina. Era un café oscuro y bonito con rincones recoletos y apartados.

 


En Auschwitz me había llamado la atencíón la historia de estas dos hermanas.

img_20190515_1154294141653041882336559.jpgFueron llevadas juntas al campo de concentración y una sobreviviría unos meses a la otra. De Víctor Frankl aprendí que uno de los motivos que podemos buscar para vivir no es lo que nosotros esperamos de la vida sino lo que espera la vida de nosotros. Y que nos pueden despojar de todo menos de la libertad de pensamiento. Nadie puede arrebatarnos nuestra interpretación de lo que está ocurriendo ni cómo tomarnos las cosas. Este brillante psiquiatra consiguió sobrevivir al horror pensando en volver a ver a su mujer al salir sin saber que su mujer ya había muerto víctima del aparato nazi. Después creó la logoterapia, una terapia basada en los motivos que tenemos para vivir.

En el café Singer me senté y no pedí nada. Empezaba a atardecer y había un grupo numeroso de alemanes o polacos haciendo cola para pedir y yo decidí sentarme en una de las mesas con su máquina de coser singer hasta que llegara mi turno que nunca llegó.

 

Me cansé antes. El café era un rato bonito. Pero no me entraba nada más y no era hora de empezar con las cervezas. Las minas de sal también me habían impactado. Y las teorías de Malinowski. Y el mar báltico y Lech Walesa. Y Copérnico enfrentándose a su tiempo. Tierra de grandes hombres y mujeres era Polonia. Después en Varsovia me quedaban Chopin y Marie Curie. Y es que las cosas había que decirlas. Todas estas eran personas que no se callaban. Yo tenía la teoría de que la gente no cambia y que a veces cuando crees que no vas a ser escuchado o no vas a cambiar nada es mejor callar. Pero David L. en su breve paso por mi vida, me había dejado claro que las cosas hay que decirlas y que la gente sí cambia. Y que es mejor hablar que callar y que a veces lo que decimos mueve el mundo. Es la tierra la que gira alrededor del sol y no al revés. He descubierto el radio y el polonio, que van a cambiar la historia de la humanidad. No queremos comunismos ni tiranías y crearemos un sindicato de trabajadores, Solidarinosch. Freud, no tienes razón en todo. Todo eso era Polonia. Quizá David estaba en lo cierto.

 

 


Me quedaban muchas conclusiones a las que llegar y decidí regresar al apartamento al atardecer. Compré unos pieroghi vegetarianos take away y me dispuse a cenar en el sofá que había en mi habitación del apartamento de airbnb. Quedaban cafés por descubrir y muchas más reflexiones pero sería otro día. Pasé por el río Vístula para ver atardecer. Y un tranvía con la bandera de la Unión Europea pintada en los laterales cruzó a toda velocidad. Les chiflaba Europa. Qué país tan curioso. Me alegraba de haber venido.

 

Todos los mares…

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… producen nostalgia pero si hay un mar que supera todas las nostalgias y melancolías del planeta ese es el mar del norte.

El mar del norte es con cielos nublados y días grises y lluviosos. Es abandono y soledad. El mar del norte conduce a barcos grises hacia ningún destino porque en el norte no hay un destino posible más que ver la realidad cara a cara y dejarse llevar.

Y la arena blanca del Báltico se me escapa como la nieve mientras el tiempo pasa y no vuelve. En el norte ni siquiera existe el presente.

Libre

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Libre al fin.

Libre de obligaciones, de compromisos, de interpretaciones, de castigos, de actitudes confusas, de desencuentros, libre de madrugones, de caminos que no son mi camino, de fallos, de juicios. Libre de Madrid Me Mata. Libre de Madrid.

Libre de la rutina, de la calle Fuencarral, de la gente de la calle Fuencarral, (no tengo nada en contra de la calle Fuencarral), libre de la incertidumbre, libre de lo que debe ser.

Y abierta al cielo, a estar tranquila, a descansar, al conocimiento, a la sabiduría, a empezar de cero, a volver a empezar, a desembuchar, a la solución, al cambio, a la itinerancia, a dejar aparte los juicios, a saber quién soy, a seguir mi camino, mi sitio, a volar, a la aventura, a vagabundear. Ya lo hemos hablado, “quien ha sido vagabundo alguna vez lo será siempre”.